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Fantasmas en la escalera (nuevo), Fantasmas en la escalera (nuevo) (2)

−¿Cómo? −Que ahora soy paseador de perros, tía… La señora Montserrat me paga ocho euros la hora por estar con Aristóteles. −Qué bien −dice Pepa. −Es un pomerania, ¿sabes? −dice Raúl−. Con muy mala leche 23 , pero de pura raza. −Sí, ya lo sé. −Ahora soy paseador de perros − vuelve a decir Raúl, orgulloso−. Creo que es una profesión con futuro. −¿Y ya tienes varios clientes? −No, de momento, solo Aristóteles. Pepa entra en la iglesia con Loli. Se sienta al final: no le gustan los entierros.

30 de octubre. 19.00 h. A las siete, Pepa aparca el taxi. No hay mucho trabajo y está cansada. Antes de ir a casa, pasa por el bar de Armando. En la barra está la señora Montserrat, que se está tomando una tila. −Hola, señora Montserrat. Lo siento mucho −dice Pepa. «¿Qué se dice en estos casos? Ni idea», piensa Pepa. La señora Montserrat le da las gracias con dos besos muy sonoros. No es necesario decir nada: la señora Montserrat lo dice todo. El perrito horrible se pone a dormir sobre el pie de Pepa. Cada vez que ella se mueve, el perro gruñe. También él parece deprimido. ¡Normal! −Pues, como le decía a Armando: en nuestra casa pasan cosas raras, muy raras, Pepa. −¿Qué cosas raras? −pregunta Pepa. −¡Hay fantasmas! −dice la señora Montserrat con los ojos bien abiertos. −¿Cómo? ¿Qué? − Sí, chica, sí. Es terrible. Ya sé, vais a pensar: «Esta pobre vieja está loca…». Pero algo pasa. Hay ruidos raros, gritos… Armando quiere tranquilizarla: −Mujer, tranquila, es el shock… Es normal, los primeros días… −Armando, que no… Ya sé que los argentinos sois muy psicólogos, pero yo no estoy loca. Veo cosas y oigo cosas… Ay, pobre mi Ramón… Quizá está vagando por la casa, como un alma en pena 24 ….

−¿Cómo un fantasma, quiere decir? −pregunta Pepa. −Eso, como un fantasma −dice la señora Montserrat muy seria. En ese momento se oyen unos gritos terribles. −Uuuuuuh, aaaaah, oooooooh… Todos dan un salto y miran hacia los gritos. No es un fantasma. En la puerta está Raúl. Aristóteles, el perro- murciélago, le clava sus pequeños dientes en la pierna. −¡Aristóles, cabrón 25 ! ¡Qué haces! ¡Que soy tu amigo! −grita entre lamentos Raúl. −Ese sí que es un fantasma 26 −dice Pepa. Cuando por fin Raúl está libre de Aristóteles, la señora Montserrat se toma una segunda tila. Raúl reclama un carajillo de Torres 27 . −Te invito yo −dice la señora Montserrat−. Aristóteles, eres muy malo. Malo, malo, malo… −Con mucho coñac −dice Raúl cuando sabe que la señora Montserrat es la que paga. −¡Pobre Aristóteles! −exclama la mujer−. Es que tiene mucho carácter… −Grrrrrrrrrrrrr −dice simplemente Aristóteles, que sigue mirando a Raúl. −Perro desagradecido −comenta Raúl−. Eso no es carácter. ¡Es mala leche! Al final todos están ya más tranquilos, Raúl,Aristóteles y su dueña.

Armando le da su número de móvil. −Señora Montserrat, usted me llama si tiene miedo. A cualquier hora, de día o de noche −le dice el argentino−. Hablamos un rato, usted me cuenta sobre sus fantasmas… −Y dale con 28 la psicología −dice Raúl. −Y a mí también me puede llamar. Ya tiene mi teléfono, ¿no? −añade Pepa. La señora Montserrat les da las gracias a todos, paga sus tilas y el carajillo de Raúl y sale con Aristóteles. Es una mujer valiente. «Además, si el fantasma es mi difunto Ramón…», piensa entrando en la casa. «En 40 años no hemos tenido problemas, o sea, que ahora, vivo o muerto… Bueno, solamente cuando el Barça 29 no va bien…»

31 de octubre Pepa ha trabajado bien hoy. Mucha gente se prepara para esta noche y toman taxis. Es una noche especial. Es la víspera del 1 de noviembre, día de Todos los Santos. En Cataluña, y en Barcelona, su capital, algunos celebran la fiesta del modo tradicional: se comen castañas, boniatos y panellets 30 . Otros lo celebran como en los países anglosajones, o sea como en Halloween, vestidos de monstruos, brujas y máscaras de plástico de asesinos o dráculas. Pepa, en estas cosas, es muy tradicional. Y a las siete se va a casa. Ha comprado castañas y almendras en La Boquería 31 , y quiere invitar a Armando. No tiene ganas de ver a Federico, su novio. Va a inventarse alguna excusa. «No estoy preparada todavía para hablar con él», piensa. Antes de ir a casa, pasa por el bar de Armando. −¿Qué haces esta noche, Armando? −le pregunta después de pedir una cerveza. −¿Por qué? −No, no, por nada… −Voy al aeropuerto a buscar a unos amigos, que llegaron recién 32 de Buenos Aires. −Ah, qué bien, qué bien… −contesta Pepa. Va a comerse sola los panellets y las castañas. «Mejor sola que mal acompañada 33 », piensa para justificarse. Después de la cerveza se va a casa dando un paseo. En casa, busca una receta de panellets en internet. Siempre los compra en una pastelería, pero hoy, excepcionalmente, tiene ganas de cocinar. Y no parece tan difícil.

Tres horas después, Pepa sigue luchando con una masa pegajosa de almendra y patata. Y unas bolitas que nunca salen redondas.

−Dios, qué idea más estúpida −le dice a su gato−. ¿Qué hago yo aquí sola, haciendo unos pastelitos horribles que nadie quiere? Además, engordan mucho… Por un momento piensa en llamar a su novio. Pero no, mejor no. −¡Voy a terminar los puñeteros 34 panellets! En ese momento suena el timbre. Suena varias veces. −¡Ya voy, ya voy…! ¡Pero qué pasa, joder! ¿Hay fuego en la casa? Es Armando, en pijama. −Pepa… Tenemos un problema. −¿Uno solo? Yo tengo muchos. Pasa, hombre, pasa… ¿Qué coño 35 haces en pijama? Muy sexy no estás… −La señora Montserrat. Vio otra vez fantasmas y me llamó. −Dios… −Vamos a su casa. Está muy nerviosa, la pobre. −Pues venga, vamos. Espera que me lavo las manos. −¿Qué hacés? ¿Vos 36 cocinás? −pregunta Armando al ver el caos en la cocina. −Bueno, sí… No… A veces. Cuando están bajando la escalera, se apaga la luz. Pepa busca el botón, pero parece que no funciona. −Genial, el día de los muertos, hay fantasmas y ahora un corte de luz… −Pepa está cada vez de peor humor.

−Esperá, creo que tengo un encendedor por acá. A ver… Sí. Con la luz del encendedor bajan dos pisos. Pero en el tercero, de pronto, se ven sombras. −¿Has visto eso…?− dice Pepa con un poco de miedo. Algo se mueve en el suelo. Armando no lo ve y tropieza con un bulto. El bulto se da la vuelta y tiene la cara de Chucky, el muñeco diabólico. −¡Ahhhhhhh! ¡Tío, que me has pisado la mano! Pepa, después del susto, reconoce la voz de Raúl. −Pero… Raúl, ¿qué coño estás haciendo aquí con esa pinta 37 ? Serás gilipollas 38 … ¿Tú sabes el susto que…? −Es «jalogüin 39 », tía… −Halloween, Raúl, Halloween −dice Armando pronunciando correctamente en inglés. −Bueno, pues eso, «jalobín». Y quería hacerte una broma. −Pues qué gracioso, macho 40 . Pareces un niño. −¿Te vienes con unos colegas a comer castañas? Con esos pelos, tú no necesitas disfraz −se ríe Raúl. −Para fantasmas ya te tenemos a ti. Bueno, y al del señor Ramón −le dice Pepa. −No jodas… 41 ¿Se aparece el viejo? –ahora es Raúl el que está un poco asustado. −Sí, ahora vamos a ver a la pobre mujer, que está muerta…

−¿Muerta? ¿También? Yo no quiero ver muertos, ¿eh? No me gustan nada los fiambres 42 . Me dan mal rollo… 43 −Que está muerta de miedo 44 , idiota. De miedo.

Casa de la señora Montserrat. 23.00 h. −¿Te quitas la máscara o qué, Raúl? −Sí, ya, ya… La puerta del primer piso está abierta. Entran con la luz de los encendedores. −¡Señora Montserrat! ¿Está ahí? −pregunta Pepa. −Estoy aquí, aquí −la mujer sale a buscarlos al pasillo. Lleva una vela y va vestida de negro. −Suerte que la conozco, señora Montserrat, que con esa vela y de negro parece… −comenta Raúl. −Venga, ¿un poquito de moscatel y unos panellets? −con sus vecinos, la señora Montserrat está más tranquila. Y no quiere volver a estar sola−. Que hoy es el día de los muertos… ¡Ay, mi pobre Ramón! Y además, sin televisión −dice con un suspiro. Toda la casa está a oscuras. Se sientan alrededor de la mesa y prueban los pastelitos. −¡Qué ricos, señora Montserrat! ¿Los hace usted? −dice Armando siempre tan educado. −No, los he comprado en la pastelería. Este año no estoy para cocinar. −Pues están ricos, ricos 45 … −dice Pepa pensando en sus panellets a medio hacer. De pronto, se oye un ruido raro. −¿Qué es eso? −pregunta nervioso Raúl−. Parecen como…

como… ¡cadenas! Los fantasmas llevan cadenas, ¿no? −Sí, en las películas −responde Pepa. Es un coche que pasa, el camión de la basura… −No, no, no, no, no es un camión. Raúl tiene razón. Son cadenas. En esta casa pasan cosas raras… −dice la señora Montserrat, contenta de compartir con alguien los misterios de su casa. −¿Llamamos a la policía? −No, a la pasma 46 no, eso no… −dice Raúl, que tiene terror a los uniformes. A los de los policías, a los de los médicos y hasta a los de los porteros. Un par de minutos después, se oye música en la habitación de al lado. Es el despacho del señor Ramón. −¿Escuchan eso? Carl Orff −dice Armando. −¿Qué es eso? −Un compositor alemán.. Y eso son los Carmina Burana, su obra más famosa. −Pues es como de película de miedo… Da un poco de yuyu 47 − añade Raúl−. ¿A usted le gusta esa música, señora Montserrat? −No, a mí no. Pero a Ramón sí. −Y la pone para él… −No, ¡es peor! La música se pone sola… Quiero decir que yo no he puesto el disco. Si estoy aquí con vosotros…, tan ricamente 48 , ¿no? −¿Y quién la pone entonces? ¿Aristóteles, que es tan inteligente…? −Raúl busca una respuesta tranquilizadora.

−No, cada noche se oye esta música en el despacho de Ramón. Y está también lo de la pipa. −¿Qué pipa? −La pipa de Ramón, que se enciende sola, todas las noches desde el día de su muerte. Ahora ya me creéis, ¿no? Voy al despacho o a la cocina y ahí está la pipa, encendida. Nadie sabe qué decir. ¿Está loca la pobre viuda? ¿Existen de verdad los fantasmas? De repente, la música para y vuelve la luz. Todos respiran un poco. −Pepa, guapa, ¿puedo pedirte un favor? −Sí, claro, naturalmente… −¿Puedes quedarte a dormir aquí esta noche…? Tengo un poco de miedo. −Sí, claro, cómo no… −dice Pepa−. Yo no veo películas de terror, como este −añade, señalando a Raúl. −Pues nada. Nosotros ya nos vamos… −dice Raúl, que quiere salir corriendo. −¿Y Aristóteles? −pregunta Armando. −Seguro que está en la cama con Ramón… de Ramón, quiero decir… Como lo quiere tanto… Bueno, lo quería… Pero Aristóteles no está en casa. Cuando se ha ido la luz, ha aprovechado para salir y ha subido al tercer piso. Ahí es donde viven Miguel y Alonso, dos traviesos hermanos gemelos de siete años. −¿Y si disfrazamos a Aristóteles? ¡Es Halloween! −dice uno de los gemelos al ver al perro en la escalera.

−¡Síiii! −responde el otro−. Vamos a mirar en la caja de los disfraces. En veinte minutos el perro ya no parece un murciélago: ahora es Batman, con pelo y cola. Por suerte, consigue escapar de sus secuestradores, los gemelos, y baja aterrorizado por la escalera. En ese momento sale Raúl. −¡Otro fantasma! ¡Otro fantasma! ¡Joder, esto es una casa de locos! Yo me abro 49 –y sale corriendo al oír el gruñido de Aristóteles. Armando, tras el primer susto, reconoce la cola de Aristóteles debajo de la capa de Batman. − ¿Vos también celebrás Halloween? −se agacha y coge al perro en brazos−. Vení Aristóteles, que te llevo a casa con tu dueña.

1 de noviembre. 00.30 h. La verdad es que Pepa está un poco nerviosa. No cree en fantasmas, pero ha sido una noche muy extraña. Da vueltas en el sofá-cama que la señora Montserrat le ha preparado. Pero no puede dormir, y se levanta. Va al salón y se sirve una copita de vino moscatel. El tema de la música misteriosa le interesa. Sin hacer ruido, entra en el despacho del señor Ramón.



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−¿Cómo? −Que ahora soy paseador de perros, tía… La señora Montserrat me paga ocho euros la hora por estar con Aristóteles. −Qué bien −dice Pepa. −Es un pomerania, ¿sabes? −dice Raúl−. Con muy mala leche 23 , pero de pura raza. −Sí, ya lo sé. −Ahora soy paseador de perros − vuelve a decir Raúl, orgulloso−. Creo que es una profesión con futuro. −¿Y ya tienes varios clientes? −No, de momento, solo Aristóteles. Pepa entra en la iglesia con Loli. Se sienta al final: no le gustan los entierros.

30 de octubre. 19.00 h. A las siete, Pepa aparca el taxi. No hay mucho trabajo y está cansada. Antes de ir a casa, pasa por el bar de Armando. En la barra está la señora Montserrat, que se está tomando una tila. −Hola, señora Montserrat. Lo siento mucho −dice Pepa. «¿Qué se dice en estos casos? Ni idea», piensa Pepa. La señora Montserrat le da las gracias con dos besos muy sonoros. No es necesario decir nada: la señora Montserrat lo dice todo. El perrito horrible se pone a dormir sobre el pie de Pepa. Cada vez que ella se mueve, el perro gruñe. También él parece deprimido. ¡Normal! −Pues, como le decía a Armando: en nuestra casa pasan cosas raras, muy raras, Pepa. −¿Qué cosas raras? −pregunta Pepa. −¡Hay fantasmas! −dice la señora Montserrat con los ojos bien abiertos. −¿Cómo? ¿Qué? − Sí, chica, sí. Es terrible. Ya sé, vais a pensar: «Esta pobre vieja está loca…». Pero algo pasa. Hay ruidos raros, gritos… Armando quiere tranquilizarla: −Mujer, tranquila, es el shock… Es normal, los primeros días… −Armando, que no… Ya sé que los argentinos sois muy psicólogos, pero yo no estoy loca. Veo cosas y oigo cosas… Ay, pobre mi Ramón… Quizá está vagando por la casa, como un alma en pena 24 ….

−¿Cómo un fantasma, quiere decir? −pregunta Pepa. −Eso, como un fantasma −dice la señora Montserrat muy seria. En ese momento se oyen unos gritos terribles. −Uuuuuuh, aaaaah, oooooooh… Todos dan un salto y miran hacia los gritos. No es un fantasma. En la puerta está Raúl. Aristóteles, el perro- murciélago, le clava sus pequeños dientes en la pierna. −¡Aristóles, cabrón 25 ! ¡Qué haces! ¡Que soy tu amigo! −grita entre lamentos Raúl. −Ese sí que es un fantasma 26 −dice Pepa. Cuando por fin Raúl está libre de Aristóteles, la señora Montserrat se toma una segunda tila. Raúl reclama un carajillo de Torres 27 . −Te invito yo −dice la señora Montserrat−. Aristóteles, eres muy malo. Malo, malo, malo… −Con mucho coñac −dice Raúl cuando sabe que la señora Montserrat es la que paga. −¡Pobre Aristóteles! −exclama la mujer−. Es que tiene mucho carácter… −Grrrrrrrrrrrrr −dice simplemente Aristóteles, que sigue mirando a Raúl. −Perro desagradecido −comenta Raúl−. Eso no es carácter. ¡Es mala leche! Al final todos están ya más tranquilos, Raúl,Aristóteles y su dueña.

Armando le da su número de móvil. −Señora Montserrat, usted me llama si tiene miedo. A cualquier hora, de día o de noche −le dice el argentino−. Hablamos un rato, usted me cuenta sobre sus fantasmas… −Y dale con 28 la psicología −dice Raúl. −Y a mí también me puede llamar. Ya tiene mi teléfono, ¿no? −añade Pepa. La señora Montserrat les da las gracias a todos, paga sus tilas y el carajillo de Raúl y sale con Aristóteles. Es una mujer valiente. «Además, si el fantasma es mi difunto Ramón…», piensa entrando en la casa. «En 40 años no hemos tenido problemas, o sea, que ahora, vivo o muerto… Bueno, solamente cuando el Barça 29 no va bien…»

31 de octubre Pepa ha trabajado bien hoy. Mucha gente se prepara para esta noche y toman taxis. Es una noche especial. Es la víspera del 1 de noviembre, día de Todos los Santos. En Cataluña, y en Barcelona, su capital, algunos celebran la fiesta del modo tradicional: se comen castañas, boniatos y panellets 30 . Otros lo celebran como en los países anglosajones, o sea como en Halloween, vestidos de monstruos, brujas y máscaras de plástico de asesinos o dráculas. Pepa, en estas cosas, es muy tradicional. Y a las siete se va a casa. Ha comprado castañas y almendras en La Boquería 31 , y quiere invitar a Armando. No tiene ganas de ver a Federico, su novio. Va a inventarse alguna excusa. «No estoy preparada todavía para hablar con él», piensa. Antes de ir a casa, pasa por el bar de Armando. −¿Qué haces esta noche, Armando? −le pregunta después de pedir una cerveza. −¿Por qué? −No, no, por nada… −Voy al aeropuerto a buscar a unos amigos, que llegaron recién 32 de Buenos Aires. −Ah, qué bien, qué bien… −contesta Pepa. Va a comerse sola los panellets y las castañas. «Mejor sola que mal acompañada 33 », piensa para justificarse. Después de la cerveza se va a casa dando un paseo. En casa, busca una receta de panellets en internet. Siempre los compra en una pastelería, pero hoy, excepcionalmente, tiene ganas de cocinar. Y no parece tan difícil.

Tres horas después, Pepa sigue luchando con una masa pegajosa de almendra y patata. Y unas bolitas que nunca salen redondas.

−Dios, qué idea más estúpida −le dice a su gato−. ¿Qué hago yo aquí sola, haciendo unos pastelitos horribles que nadie quiere? Además, engordan mucho… Por un momento piensa en llamar a su novio. Pero no, mejor no. −¡Voy a terminar los puñeteros 34 panellets! En ese momento suena el timbre. Suena varias veces. −¡Ya voy, ya voy…! ¡Pero qué pasa, joder! ¿Hay fuego en la casa? Es Armando, en pijama. −Pepa… Tenemos un problema. −¿Uno solo? Yo tengo muchos. Pasa, hombre, pasa… ¿Qué coño 35 haces en pijama? Muy sexy no estás… −La señora Montserrat. Vio otra vez fantasmas y me llamó. −Dios… −Vamos a su casa. Está muy nerviosa, la pobre. −Pues venga, vamos. Espera que me lavo las manos. −¿Qué hacés? ¿Vos 36 cocinás? −pregunta Armando al ver el caos en la cocina. −Bueno, sí… No… A veces. Cuando están bajando la escalera, se apaga la luz. Pepa busca el botón, pero parece que no funciona. −Genial, el día de los muertos, hay fantasmas y ahora un corte de luz… −Pepa está cada vez de peor humor.

−Esperá, creo que tengo un encendedor por acá. A ver… Sí. Con la luz del encendedor bajan dos pisos. Pero en el tercero, de pronto, se ven sombras. −¿Has visto eso…?− dice Pepa con un poco de miedo. Algo se mueve en el suelo. Armando no lo ve y tropieza con un bulto. El bulto se da la vuelta y tiene la cara de Chucky, el muñeco diabólico. −¡Ahhhhhhh! ¡Tío, que me has pisado la mano! Pepa, después del susto, reconoce la voz de Raúl. −Pero… Raúl, ¿qué coño estás haciendo aquí con esa pinta 37 ? Serás gilipollas 38 … ¿Tú sabes el susto que…? −Es «jalogüin 39 », tía… −Halloween, Raúl, Halloween −dice Armando pronunciando correctamente en inglés. −Bueno, pues eso, «jalobín». Y quería hacerte una broma. −Pues qué gracioso, macho 40 . Pareces un niño. −¿Te vienes con unos colegas a comer castañas? Con esos pelos, tú no necesitas disfraz −se ríe Raúl. −Para fantasmas ya te tenemos a ti. Bueno, y al del señor Ramón −le dice Pepa. −No jodas… 41 ¿Se aparece el viejo? –ahora es Raúl el que está un poco asustado. −Sí, ahora vamos a ver a la pobre mujer, que está muerta…

−¿Muerta? ¿También? Yo no quiero ver muertos, ¿eh? No me gustan nada los fiambres 42 . Me dan mal rollo… 43 −Que está muerta de miedo 44 , idiota. De miedo.

Casa de la señora Montserrat. 23.00 h. −¿Te quitas la máscara o qué, Raúl? −Sí, ya, ya… La puerta del primer piso está abierta. Entran con la luz de los encendedores. −¡Señora Montserrat! ¿Está ahí? −pregunta Pepa. −Estoy aquí, aquí −la mujer sale a buscarlos al pasillo. Lleva una vela y va vestida de negro. −Suerte que la conozco, señora Montserrat, que con esa vela y de negro parece… −comenta Raúl. −Venga, ¿un poquito de moscatel y unos panellets? −con sus vecinos, la señora Montserrat está más tranquila. Y no quiere volver a estar sola−. Que hoy es el día de los muertos… ¡Ay, mi pobre Ramón! Y además, sin televisión −dice con un suspiro. Toda la casa está a oscuras. Se sientan alrededor de la mesa y prueban los pastelitos. −¡Qué ricos, señora Montserrat! ¿Los hace usted? −dice Armando siempre tan educado. −No, los he comprado en la pastelería. Este año no estoy para cocinar. −Pues están ricos, ricos 45 … −dice Pepa pensando en sus panellets a medio hacer. De pronto, se oye un ruido raro. −¿Qué es eso? −pregunta nervioso Raúl−. Parecen como…

como… ¡cadenas! Los fantasmas llevan cadenas, ¿no? −Sí, en las películas −responde Pepa. Es un coche que pasa, el camión de la basura… −No, no, no, no, no es un camión. Raúl tiene razón. Son cadenas. En esta casa pasan cosas raras… −dice la señora Montserrat, contenta de compartir con alguien los misterios de su casa. −¿Llamamos a la policía? −No, a la pasma 46 no, eso no… −dice Raúl, que tiene terror a los uniformes. A los de los policías, a los de los médicos y hasta a los de los porteros. Un par de minutos después, se oye música en la habitación de al lado. Es el despacho del señor Ramón. −¿Escuchan eso? Carl Orff −dice Armando. −¿Qué es eso? −Un compositor alemán.. Y eso son los Carmina Burana, su obra más famosa. −Pues es como de película de miedo… Da un poco de yuyu 47 − añade Raúl−. ¿A usted le gusta esa música, señora Montserrat? −No, a mí no. Pero a Ramón sí. −Y la pone para él… −No, ¡es peor! La música se pone sola… Quiero decir que yo no he puesto el disco. Si estoy aquí con vosotros…, tan ricamente 48 , ¿no? −¿Y quién la pone entonces? ¿Aristóteles, que es tan inteligente…? −Raúl busca una respuesta tranquilizadora.

−No, cada noche se oye esta música en el despacho de Ramón. Y está también lo de la pipa. −¿Qué pipa? −La pipa de Ramón, que se enciende sola, todas las noches desde el día de su muerte. Ahora ya me creéis, ¿no? Voy al despacho o a la cocina y ahí está la pipa, encendida. Nadie sabe qué decir. ¿Está loca la pobre viuda? ¿Existen de verdad los fantasmas? De repente, la música para y vuelve la luz. Todos respiran un poco. −Pepa, guapa, ¿puedo pedirte un favor? −Sí, claro, naturalmente… −¿Puedes quedarte a dormir aquí esta noche…? Tengo un poco de miedo. −Sí, claro, cómo no… −dice Pepa−. Yo no veo películas de terror, como este −añade, señalando a Raúl. −Pues nada. Nosotros ya nos vamos… −dice Raúl, que quiere salir corriendo. −¿Y Aristóteles? −pregunta Armando. −Seguro que está en la cama con Ramón… de Ramón, quiero decir… Como lo quiere tanto… Bueno, lo quería… Pero Aristóteles no está en casa. Cuando se ha ido la luz, ha aprovechado para salir y ha subido al tercer piso. Ahí es donde viven Miguel y Alonso, dos traviesos hermanos gemelos de siete años. −¿Y si disfrazamos a Aristóteles? ¡Es Halloween! −dice uno de los gemelos al ver al perro en la escalera.

−¡Síiii! −responde el otro−. Vamos a mirar en la caja de los disfraces. En veinte minutos el perro ya no parece un murciélago: ahora es Batman, con pelo y cola. Por suerte, consigue escapar de sus secuestradores, los gemelos, y baja aterrorizado por la escalera. En ese momento sale Raúl. −¡Otro fantasma! ¡Otro fantasma! ¡Joder, esto es una casa de locos! Yo me abro 49 –y sale corriendo al oír el gruñido de Aristóteles. Armando, tras el primer susto, reconoce la cola de Aristóteles debajo de la capa de Batman. − ¿Vos también celebrás Halloween? −se agacha y coge al perro en brazos−. Vení Aristóteles, que te llevo a casa con tu dueña.

1 de noviembre. 00.30 h. La verdad es que Pepa está un poco nerviosa. No cree en fantasmas, pero ha sido una noche muy extraña. Da vueltas en el sofá-cama que la señora Montserrat le ha preparado. Pero no puede dormir, y se levanta. Va al salón y se sirve una copita de vino moscatel. El tema de la música misteriosa le interesa. Sin hacer ruido, entra en el despacho del señor Ramón.


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