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Sin noticias de Burb - Eduardo Mendoza, Día 4 (parte 5)

Día 4 (parte 5) 22.05 Un parroquiano (no el que tiene monos en la cara, sino otro) me señala y dice que mi cara le suena.

El que me haya reconocido bajo la apariencia del Santo Padre me indica que debe de ser persona devota y, por lo tanto, digna de toda confianza. Le respondo que sin duda se confunde y para desviar su atención y la de los demás invito a una ronda. Viéndome dispuesto al gasto, el camarero dice que acaban de salir de la cocina unos callos que están para chuparse los dedos . Pongo sobre el mostrador algunos billetes (cincuenta mil euros) y digo que traiga esos callos, que por dinero no va a quedar. 22.12 El parroquiano devoto dice que ni hablar, que yo ya he pagado los vinos y que los callos corren de su cuenta.

Insisto en que lo de los callos ha sido idea mía y que, por consiguiente, es justo que los pague yo. 22.17 Una mujer que acaba de beberse la segunda botella de anís, interviene para proponer que no sigamos discutiendo.

Se mete la mano en el escote y la saca llena de unos billetes sucios y arrugados, que arroja sobre el mostrador. Otro parroquiano, creyendo que aquellos billetes son los callos, se come cuatro de un bocado. La mujer afirma que ella invita. El parroquiano piadoso replica que a él no le invita ninguna mujer, que los tiene muy bien puestos . 22.24 Como a todas éstas los callos no aparecen, los reclamo golpeando el mostrador con un cenicero.

Rompo el cenicero y deterioro el mármol del mostrador. El camarero sirve vino. Un parroquiano que hasta entonces ha permanecido mudo dice que va a obsequiarnos con unas canciones. 22.41 En un arrebato de pasión, el parroquiano cantador abre tanto la boca, que se le cae la dentadura postiza en la fuente de las albóndigas.

Cuando mete la mano para recuperarla, el camarero le golpea la cabeza con un queso de bola y le dice que ya está bien, que en lo que va de semana ya se lleva comidas ocho albóndigas con el truco de la dentadura, pero que él no es tonto y que las lleva contabilizadas. El cantador amonestado replica que él no necesita robar albóndigas de esa pocilga, que él ha sido el rey de la copla en París. Por toda respuesta, el camarero sirve más vino.

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