Saúl llevaba once semanas ganando el concurso de preguntas más famoso de la televisión. Lo sabía todo: geografía, historia, ciencia, deporte, cine. Ya había ganado medio millón de euros. La última pregunta valía otro medio millón.
El presentador la leyó despacio: ¿Cómo se llamaba la profesora que le enseñó a leer a usted, Saúl? Saúl se quedó en blanco. Había estudiado capitales, ríos, reyes, premios Nobeles. Nunca había pensado en eso.
Recordaba una bata azul, una voz dulce, un olor a lápices. ¿El nombre? No. El tiempo se acabó.
Perdió el medio millón. Al día siguiente recibió una carta. La firmaba una señora de noventa años de un pueblo de Jaén. «Me llamo Aurora.
No te preocupes, tú siempre fuiste muy despistado».