Esa noche, ya en casa, Elena le confesó a su hermano mayor lo mal que se sentía desde que todo había salido a la luz. Le explicó que, en el fondo, siempre había tenido miedo de que sus propias palabras no fueran suficientemente interesantes ni bonitas para nadie y que por eso había empezado, tiempo atrás, a refugiarse en las palabras de otras personas. Su hermano la escuchó con atención, sin juzgarla, y le preguntó qué era, en realidad, lo que ella de verdad quería contar.