Durante las semanas siguientes, Alba visitó a su abuela casi todos los días solo para estar con ella. Poco a poco, la abuela empezó a sonreír otra vez, primero un poco y después con más ganas. Esto sucedía mientras recordaba anécdotas divertidas de cuando era joven. Aquella sonrisa no venía de ningún tarro mágico, sino del tiempo real que pasaban juntas.