Al mirarse en el espejo a la mañana siguiente, Elvira notó, por primera vez en muchísimos años, una pequeña arruga apenas visible junto a sus ojos. Era una señal de que el propio paso del tiempo comenzaba, aunque fuera levemente, a manifestarse también sobre su verdadero rostro. Lejos de sentir miedo ante aquel descubrimiento, experimentó una sensación inesperada de alivio y plenitud. Era como si aquella pequeña marca del tiempo fuera, en realidad, una prueba tangible de que finalmente había vuelto a vivir de verdad.
Esto ocurrió después de tantos años dedicados exclusivamente a evitar cualquier sentimiento capaz de acelerar el envejecimiento oculto en el ático.