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Sherlock Holmes - El carbunclo azul, El carbunclo azul - 06 – Text to read

Sherlock Holmes - El carbunclo azul, El carbunclo azul - 06

Avançado 1 Espanhol lesson to practice reading

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El carbunclo azul - 06

El vendedor de aves saltó enfurecido hacia adelante, y el preguntón se desvaneció en la obscuridad.

—¡Ja! Esto puede ahorrarnos una visita al Camino de Roxton—dijo por lo bajo Holmes.—Venga usted conmigo. Vamos a ver lo que se puede hacer con este sujeto.

Abriéndose paso por entre les dispersos grupos de gente que miraba las vidrieras llenas de luz, mi compañero alcanzó rápidamente al hombrecito y le tocó en el hombro. El individuo se volvió de un salto, y a la luz del gas vi que todo rastro de color había huido de su cara.

—¿Quién es usted? ¿Qué quiere usted?

—Usted me dispense—dijo Holmes.—No he podido evitar el que las preguntas que hacía usted al vendedor de aves llegaran a mi oído, y creo que puedo ayudar a usted en algo.

—¿Usted? ¿Quién es usted? ¿Cómo podía usted saber nada del asunto?

—Me llamo Sherlock Holmes, y mi oficio es saber lo que los demás no saben.

—Pero ¿puede usted saber algo de esto?

—Dispense usted; lo se todo. Usted trata de seguir el rastro a unos gansos que la señora Oakshott, del Camino de Roxton, vendió a un comerciante de aves llamado Breckinridge, el cual los vendió a su vez al señor Windigate de la «Alfa», y éste a los miembros de su sociedad, uno de los cuales es el señor Enrique Baker.

—¡Oh, señor! Usted es la persona a quien deseaba tanto encontrar—exclamó el hombrecito, alzando los brazos, las manos temblorosas.—Difícilmente podría explicar a usted cuánto interés tengo en el asunto.

Sherlock Holmes llamó a un coche de plaza que pasaba.

—En ese caso, lo mejor es que hablemos en un cuarto abrigado y no en este mercado abierto a los cuatro vientos—dijo:—pero ruego a usted que me diga, antes de que sigamos adelante, a quién tengo el placer de prestar mi ayuda.

El hombre titubeó un instante.

—Me llamo Juan Robinson—contestó con una mirada de reojo.

—No, no; su verdadero nombre—dijo Holmes suavemente.—Siempre es desagradable tener que tratar con un alias.

La sangre afluyó a las blancas mejillas del desconocido.

—Bueno. Entonces—dijo—me llamo en realidad Jaime Ryder.

—Exactamente; primer mayordomo del Hotel Cosmopolitan. Sírvase usted entrar en este coche, y pronto podré decir a usted todo lo que desee usted saber.

El hombrecito se quedó viéndonos, pasando sus miradas del uno al otro, con ojos medio asustados, medio animados por la esperanza, como quien no está seguro de hallarse en vísperas de una fortuna ó de una catástrofe. En seguida entró en el coche, y a la media hora estábamos otra vez en la sala de mi amigo, en la calle Baker. Nada habíamos hablado durante el trayecto; pero la respiración agitada y débil de nuestro compañero, y el abrirse y apretarse de sus puños, revelaban la tensión nerviosa en que se hallaba.

—¡Henos aquí!—dijo Holmes, con alegre acento cuando entramos en el cuarto.—El fuego tiene un aspecto muy agradable cuando hace un tiempo como este. Usted parece tener frío, señor Ryder. Le ruego que se siente en el sillón mecedor. Voy a ponerme mis zapatillas, y en seguida arreglaremos su asuntito. ¡Bueno, ya está! ¿Usted quiere saber lo que ha sido de esos gansos?

—Si, señor.

—O, mejor dicho, de ese ganso. Una sola era, me lo imagino, el ave por la cual se interesaba usted… blanco, con una faja negra a través de la cola.

Ryder tembló de emoción.

—¡Oh, señor!—gritó.—¿Podría usted decirme adónde fue a parar?

—Vino aquí.

—¿Aquí?

—Sí, y resultó ser un ave por demás notable. No me asombro de que se interesara usted por ella. Puso un huevo después de muerta; el huevecito azul más lindo, más brillante que he visto en mi vida. Lo tengo aquí en mi museo.

Nuestro visitante se paró de un salto y se agarró del mármol de la chimenea con la mano derecha.

Holmes abrió su cofre de hierro y sacó el carbunclo azul, que brilló como una estrella, con una irradiación fría, chispeante, repartida en varias prendas. Ryder se quedó parado, mirando la piedra, con el rostro desencajado, sin saber si reclamarla ó declarar que no la conocía.

—La farsa ha concluido, Ryder—dijo Holmes con calma.—Sosténgase usted, hombre, ó se cae usted en el fuego. Ayúdelo usted, Watson, a volver a su sillón. Se ve que no tiene suficiente sangre para soportar las consecuencias del crimen. Déle usted un trago de brandy. ¡Así! Ahora tiene más cara de hombre. ¡Qué camarón es, qué camarón!

Ryder se había tambaleado un instante, y casi se había caído; pero el brandy le hizo subir un poco de sangre a las mejillas. Sentado ya, miraba fijamente, con ojos espantados, a su acusador.

—Tengo en mis manos casi todos los eslabones de la cadena y todas las pruebas que podrían ser necesarias; de modo que poco es lo que tiene usted que decirme. Sin embargo, seria bueno aclarar ese poco para completar la averiguación. ¿Usted había oído hablar, Ryder, de esta piedra azul de la condesa de Morcar?

—Catalina Cussack fue quien me habló de ella.

—Comprendo: la doncella de la dama. Así, pues, la tentación de la fortuna tan fácilmente adquirible, lo dominó a usted, como ha dominado a tantos hombres mejores que usted, pero no ha sido usted muy escrupuloso en los medios que ha empleado. Me parece, Ryder, que en usted hay la madera de un canalla bastante canalla. Sabía usted que ese Horner, el plomero, se había comprometido antes en un hecho parecido, y que las sospechas recaerían sobre él. ¿Qué hizo usted entonces? Desarreglo usted algo en el cuarto de la señora, usted con la ayuda de su aliada la Cussack, é hizo usted de modo que para la compostura fueran a llamar a Horner. Luego, cuando hubo salido, robó usted el carbunclo, dió usted la voz de alarma, é hizo usted arrestar a ese desdichado. Después, usted…

Ryder se arrojó bruscamente al suelo, y de rodillas se abrazó a las piernas de mi compañero.

—¡Por amor de Dios, compadezcase usted de mi!—gimió.—¡Piense usted en mi padre, en mi madre! Los dos se morirán de pesar. ¡Nunca volveré a cometer una falta, nunca: lo juro! Lo juraré sobre la Biblia. ¡Oh! No haga usted que la justicia intervenga! ¡Por el amor de Cristo, no lo haga usted!

—¡Vuelva usted a su silla!—le dijo Holmes, severo. —Está muy bien el arrastrarse y llorar ahora; pero poco ha pensado usted en ese pobre Horner que está preso por un crimen del que nada sabe.

—Huiré, señor Holmes; saldré del país, y entonces desaparecerá mi acusación contra él.

—¡Hum! Ya hablaremos de eso. Y ahora, háganos usted un relato exacto del segundo acto. ¿Cómo fue a dar la piedra al buche del ganso y el ganso al mercado público? Díganos usted la verdad, porque en eso reposa para usted la único esperanza de salvación.

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