Mientras cenaban se olvidaron un poco del talismán. Después, los tres se sentaron fascinados a escuchar la segunda parte de las aventuras del militar en la India.
—Si hay tanta verdad en el cuento de la pata de mono como en los otros que nos ha contado —dijo Herbert cuando la puerta de la casa se cerró detrás del invitado—, no sacaremos gran cosa de ella.
Entonces el señor White sacó la pata de mono del bolsillo y la miró con perplejidad.
—La verdad es que no sé qué pedir —dijo lentamente—. Me parece que tengo todo lo que quiero.
—Si pudieras pagar la hipoteca de la casa, estarías muy contento. ¿A que sí? —sugirió Herbert, burlón, poniendo una mano sobre su hombro—. Pide doscientas libras. Con eso bastará.
El padre sonrió, avergonzado de su propia credulidad. El hijo puso una expresión solemne, que rompió con un guiño hacia su madre, se sentó al piano e hizo sonar unos acordes graves. Entonces, levantando el talismán, el señor White dijo claramente:
—Quiero doscientas libras.
Un fuerte estrépito del piano respondió a aquellas palabras. El señor White lanzó un grito espantoso. Su mujer y su hijo corrieron hacia él.
—¡Se ha movido! —gritó, mirando con repugnancia la pata, que había caído al suelo—. Mientras pedía el deseo, se ha retorcido en mi mano como una serpiente.
—Te lo habrás imaginado, querido —dijo su mujer, mirándolo con inquietud.
El hombre negó con la cabeza.
—Da igual. No ha sido nada. Pero me ha asustado.