Cada noche, antes de dormir, Mateo leía un poco más del libro de aventuras. Descubrió que le gustaba imaginar las caras de los personajes y adivinar qué iba a pasar en la siguiente página. Ya no sentía la necesidad de saberlo todo al instante. Ahora disfrutaba de la espera, de las sorpresas y de los pequeños detalles que solo se encuentran leyendo con calma y atención.