En clase, Mateo levantaba la mano antes que nadie. Incluso cuando la profesora todavía no había terminado la pregunta, contestaba con tanta seguridad que algunos compañeros dejaron de intentar participar. Sabían que él siempre iba a saber la respuesta. Antes, Mateo jugaba con ellos en el recreo y se reía de sus chistes.
Pero ahora prefería quedarse leyendo, o mejor dicho, comiendo en un rincón del patio, alejado de todos.