Desde ese día, Leo vivía escondido, porque el mundo era muy peligroso para alguien tan pequeño. Un gato normal podía ser un monstruo enorme para él. La lluvia podía parecer un río fuerte. Por eso, Leo encontró refugio dentro de una caja de zapatos vieja, cerca del jardín de la bruja.
Allí dormía, comía pequeños trozos de pan y esperaba, con paciencia, una solución. Con el tiempo, alguien movió la caja al desván de la casa de Clara. No sabían que dentro había un chico de verdad, encogido por un hechizo antiguo.