De pronto, oyeron pasos detrás de ellos, dentro de la cueva. Sofía y Diego se giraron rápido, asustados, esperando ver a un extraño peligroso. Pero en la entrada del túnel apareció una figura conocida. Era la tía Rosa, más delgada y pálida, pero completamente viva.
Sofía no podía creer lo que veía, porque había asistido meses atrás a su propio funeral. Rosa levantó las manos despacio y pidió calma, mientras las lágrimas le caían por la cara. Durante unos segundos, nadie dijo nada; solo se oía el ruido lejano de las olas golpeando la roca.