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DOÑA JUANA LA LOCA (ortografía modernizada), Capítulo I – Text to read

DOÑA JUANA LA LOCA (ortografía modernizada), Capítulo I

Avancé 2 d'espagnol lesson to practice reading

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Capítulo I

Historia de la célebre Reina de España Doña Juana, llamada vulgarmente, La Loca

Por anónimo

Capítulo I: De cuáles fueron los padres de Doña Juana la Loca, y las cosas que pasaban en su palacio

Don Fernando y Doña Isabel, célebres y nunca bien ponderados reyes católicos, ocupaban los tronos de Aragón y Castilla, dando un ejemplo de moralidad y sabiduría a toda su corte, y siendo estimados altamente, no solo por la aristocracia de su época, sino también por todos sus súbditos.

Muy agradecidos los regios esposos a las muestras de cariño que estos continuamente les prodigaban, no podían menos de expresarles su reconocimiento de una manera más loable, porque estos monarcas no se desdoraban de que cualquier vasallo hiciese parar su carruaje, aun en los sitios más públicos y concurridos, para prestar atención a lo que les quisiesen manifestar. No obstante de esto, siempre se ha conocido, según los historiadores, el no faltar nunca entre los palaciegos aquellas comunes discordias y hablillas, hijas de la envidia. Ninguna prueba que caracterice más esta verdad, que la de que hallándose ya encinta la reina Isabel la Católica, comenzasen a propalar varios personajes, entre los cuales se hallaba Don Enrique de Villena, que la sucesión que esperaban no podía menos de ser bastarda; y esto lo deducían de las varias escenas que habían presenciado en palacio. Mas sin embargo de ser Don Fernando tan previsor, y de inspeccionar tanto las cosas que le eran anejas, parece que estas voces las tomó por vagas, y no se cuidó de ellas; así es, que dichos personajes atribuían la indolencia de Don Fernando en este punto, al miedo o al excesivo amor que profesaba a Doña Isabel, la cual unía a los vínculos de esposa, el ser nieta de su hermano.

Miras particulares se llevaban el de Villena y otros en difundir por el vulgo tales voces, pero miras que más tarde fueron descubiertas por los que más le vendían amistad, declarando al soberano verbalmente los proyectos concebidos por ellos, y mostrándole por escrito la correspondencia que habían interceptado dirigida a Don Juan de Portugal, a la cual contestó inmediatamente Don Fernando por medio de su enviado de negocios, Lope de Alburquerque. No habiendo querido Don Juan de Portugal dar audiencia al enviado de Castilla, y habiéndolo llegado saber muy pronto Don Fernando, montó en cólera de tal suerte, que nadie se atrevía a dirigirle una palabra. Procuraban aplacarle en algunos momentos de furia, pero todo era en vano; amenazaba que haría entender a sus contrarios lo que merece el que agravia al monarca de Castilla, y que mostraría cuán grandes eran sus fuerzas contra los que le enojaban. Tampoco fueron bastantes a aplacar su ira los ruegos de su hermano Don Pedro de Acuña, conde de Buendía, quien le protestaba no se irritase tan terriblemente, que tal vez una fraguada noticia, como podía ser, fuera el motivo del ludibrio y las imprecaciones que dirigía sin distinción de parientes y amigos. Solo a las amonestaciones de un personaje que por respeto se calla, era a las que daba cabida el rey Don Fernando. Este personaje se supo granjear su cariño por su bella cualidad, que era la de todo adulador, logrando con sus palabras henchir el pecho del monarca cada día de mayor pasión. Aun la misma reina Isabel tuvo en muchas ocasiones que valerse de este favorito para hablar con su real esposo.

Estos sucesos ocurrían en el palacio de la imperial Toledo, cuando dio a luz la reina Isabel, el 6 de noviembre de 1479, a la princesa Doña Juana de Castilla, muy parecida a su abuela Doña Juana, esposa de Don Juan III de Aragón, según afirma el autor de las Reinas Católicas.

El nombre de Doña Juana es el de uno de los monarcas que por más largo tiempo han figurado en España al frente de los documentos y órdenes reales, y no obstante se puede afirmar que en pocas ocasiones, a mejor dicho en ninguna, tuvo parte la afición a los trabajos que le proporcionaba su elevada jerarquía. Esta especie de hastío al destino arduo que debía ejercer a la edad que requieren las leyes, se le iba aumentando con los años; por el contrario, cualquier faena a que la dedicasen de las propias de su sexo, la abrazaba con el más indecible júbilo; así es que, todavía de corta edad, era la admiración de cuantos la oían y observaban sus entretenimientos. A esto se puede añadir que su nombre no era más que una mera forma para dar a conocer que la heredera del trono de Castilla existía.

Cuando pocos años después su hijo el célebre Carlos V tomó las riendas del gobierno de España, por la habitual imposibilidad de su madre, observó el mismo método, ora porque así lo dispusieron en varios Estamentos del reino, ora porque ella era la soberana en realidad y ora por respeto y atención, como lo hizo conocer al renunciar los estados en su hijo Felipe, al cual pedía encarecidamente hiciese conservar ileso el nombre de su desventurada abuela al frente de los negocios públicos, para no causarla descontento.

Cincuenta años conservó esta soberana el título de reina de España, a pesar de no haber gobernado ni un solo día; tal era la enajenación mental de que se hallaba poseída causada por los poderosos y bien fundados motivos que más adelante se irán conociendo.

El memorable Don Francisco Jiménez de Cisneros y el rey Don Fernando, ordenaron, como gobernadores durante la menor edad de Carlos V, no se hiciese pública la insuficiencia de Doña Juana, a pesar de estar íntimamente convencidos de su incapacidad; de manera que por muchos y reiterados esfuerzos que hicieron algunos para declarar su nulidad, no lo lograron; y eso que para nada les estorbaba, pues que jamás se resintió de que no contasen con su voluntad para ninguno de los actos de gobierno.

Su razón se encontraba sumamente turbada por los impulsos de una lícita y vehemente pasión: por esta causa fue su vida cruel la de un reo aprisionado; y si alguna vez pareció resentirse de su precaria suerte, era para en seguida fomentarla ella misma con los padecimientos de su imaginación ardiente, creyéndose que tal vez cometería un desacato contra el objeto de sus más tiernas adoraciones.

He aquí el motivo por qué un nombre de suyo tan esclarecido, apenas ha figurado bajo, el concepto político, en el catálogo inmenso de los soberanos españoles; y por consecuencia es enteramente nulo. Mas no obstante de todo, fue reina de esta magnánima y poderosa nación, hija de los grandes reyes católicos Don Fernando y Doña Isabel, y madre del noble y valiente emperador Carlos V; de suerte que los pormenores de su vida privada, los motivos por qué le sobrevino su demencia, y el fundamento con que se la llama la Loca, no pueden menos de excitar la curiosidad, y con doble causa, porque puede uno mirarse en esta soberana, como en el triste espejo de los funestos resultados que las violentas pasiones llevadas al extremo tienen, siempre que no se modifican y reprimen con la razón.

Dotada Doña Juana de un talento nada común, de una viva y ardiente imaginación, fue educada de una manera no vulgar para aquella época: y especialmente en la lengua greco-latina, hizo tan admirables adelantos, que la hablaba con una soltura encantadora. El sabio Luis Vives afirma que de cualquier materia que se le tratase en este idioma, contestaba repentinamente como si fuera en castellano. A estas cualidades unía la de una figura esbelta y de mucho interés; era el tipo de la hermosura, colmada de gracia y dignidad: sus grandes ojos, expresivos y rasgados, denotaban el raro talento y energía de su alma, a lo que acompañaban los dignos y elegantes modales de la corte de Isabel, dechado de virtudes y moralidad.

Todas estas grandes circunstancias, reunidas con el poderío de sus padres, hacían de Doña Juana uno de esos partidos más aventajados para cualquier joven príncipe de Europa. Estas mismas circunstancias la constituían en una infanta acreedora a ser idolatrada, aun por los que no tuviera el placer y el honor de admirarla. Prueba evidente, que no tardaron mucho tiempo algunos príncipes en ver cuál era el que podía ser dueño de joya de tan inestimable valor. Don Fernando y Doña Isabel no quisieron tampoco prolongar su casamiento, así es que contando apenas quince años, esto es, en 1494, ajustaron las deseadas bodas con Don Felipe, archiduque de Austria, duque de Flandes, de Artois y del Tirol, e hijo del emperador de Alemania, Maximiliano I. Ajustadas que fueron, al instante se dio principio a los preparativos de marcha con el boato y solemnidad dignos de la hija de tan poderosos señores. Una armada de ciento veinte navíos de alto bordo se aprestó en el puerto de Laredo, embarcándose en ella quince mil hombres de guerra no incluyendo la tripulación. A Don Alonso Enríquez, gran almirante de Castilla, estaba encomendado el mando de esta flota: iba de capellán mayor Don Diego de Villaescusa, deán de Jaén; y la encargada por el rey de servir y hallarse a las inmediatas órdenes de la infanta, era Doña Teresa de Velasco, esposa del almirante que dirigía aquella expedición. La cámara y todos los destinos pertenecientes a su persona, se servían por damas y caballeros de la primera nobleza de España; así lo dice en las listas que de ellos forma Don Lorenzo de Padilla. Inútil es hacer mención de las ropas y alhajas que habían de adornar a tan augusta princesa: se puede decir para abreviar que se habían dispuesto con elegancia y profusión.

Terminados los preparativos, se dirigió toda la real familia por Almazán al puerto de Laredo, para despedir a tan excelsa infanta, excepto el rey Don Fernando que por hallarse celebrando de Cortes en Aragón, no pudo verificarlo, muy a pesar suyo. El malogrado príncipe Don Juan, hermano de Doña Juana, y su augusta madre la acompañaron hasta la entrada del navío, donde anegados en un mar de lágrimas, se dieron mutuamente el más tierno y afectuoso adios. Adios, que resonó por todos los ángulos de la embarcación, en señal de reconocimiento a las reales personas que quedaban en tierra. El día 19 de agosto de 1496 se hicieron a la vela con dirección a los Estados flamencos. Ningún contratiempo se había notado, ninguna cosa que hubiera venido a turbar la tranquilidad de la ilustre viajera había ocurrido, hasta tocar en las costas de Flandes, en donde se levantó un temporal tan borrascoso, que se vieron precisados a guarecerse en el primer punto de salvación que encontraron. Grande era la aflicción de Doña Juana al ver en tan inminente peligro su vida, pero Dios quiso pudiesen arribar en el puerto de Torran, en Inglaterra, después de haber caminado por término de más de dos horas, luchando con los embravecidos oleajes que un momento más los hubiera sumergido en lo profundo de los mares. Permanecieron en esta población siete días, durante los cuales fue la infanta muy obsequiada por las damas y caballeros principales de aquel país, que acudieron presurosos a besar su mano y juntamente a ofrecerla sus servicios.

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