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Español con Juan, Querer es poder (1)

Querer es poder (1)

Querer es poder

¡Hola, chicos! ¿Qué tal? Bienvenidos una semana más a un nuevo episodio de Español Con Juan, un podcast en español para aprender español.

Ya sabéis que aquí hacemos comentarios y contamos historias que yo invento o hablamos de sucesos y hechos históricos de España, de su cultura… También cuento a menudo anécdotas mías personales que pueden ser más o menos interesantes o divertidas…. En fin, cualquier cosa con tal de ayudaros a aprender español en contexto y pasar, si es posible, un ratito agradable.

Yo intento contar historias divertidas y hacer comentarios interesantes, aunque, claro, esto es muy subjetivo. Lo que para mí puede ser divertido o muy interesante, para otras personas puede ser aburrido y sin ningún interés.

Pero, bueno, eso es normal, ¿no? Cada uno es como es. Cada uno es hijo de su padre y de su madre, como suele decirse.

Entendéis, ¿no? Cuando se dice que cada uno es hijo o hija de su padre y de su madre lo que se quiere decir es que cada persona es diferente; que cada uno de nosotros tenemos nuestras características personales, que cada individuo es único…

En fin, vosotros me entendéis, ¿no?

Que cada persona es el producto, el resultado, de la educación que ha recibido en su casa, en la escuela, en la calle; que somos como somos por todo lo que hemos vivido, por todas las experiencias que hemos tenido en nuestra vida, en el pasado…

En fin, que, eso, que cada uno es hijo o hija de su padre y de su madre y que a algunas personas les parecerán divertidas o interesantes las historias que yo cuento y a otras pues no. Y ya está.

Hablando de padres y de madres, ¿no os parece que últimamente hablo mucho de mis padres y de mis recuerdos de infancia aquí en el podcast?

Me pregunto por qué será. ¿Será porque me estoy haciendo viejo? Dicen que cuando uno se hace viejo, le da por hablar de sus recuerdos, de su infancia, de cuando era niño… Como si se quisiera volver al pasado, al paraíso perdido.

La infancia es eso, ¿no? El paraíso perdido.

Cuando eres niño vives en el paraíso porque todavía eres inocente y no conoces la realidad de la vida. Por eso, de grandes queremos todos volver a ese paraíso, a esa época de nuestra vida en la que éramos inocentes, felices, y no lo sabíamos.

Aunque, bueno, ya me imagino que eso de que la infancia es un paraíso… Ya me imagino que muchos de vosotros estaréis pensando que, claro, eso depende…

Depende de qué infancia tuviste. Hay muchos niños para los que la infancia es, en realidad, un infierno, no un paraíso.

Pero yo estoy hablando en términos, digamos, ideales. Estoy hablando de la infancia como mito, como una idea que todos tenemos de lo que significa ser niño o niña.

Aunque, bueno, luego la realidad puede ser muy diferente.

Seguramente para muchos niños la infancia es un infierno o quizás un purgatorio. Es posible que muchos niños no sean tan felices como nosotros nos imaginamos. Y no estoy hablando solo de los niños que viven en condiciones de pobreza extrema, realizando trabajos durísimos, pasando hambre, sufriendo maltrato…

Sí, estoy hablando de esos niños, pero también de los niños que vemos todos los días en nuestras calles, en la escuela, en el parque y que parecen tan felices. Algunos de esos niños sufren ansiedad, estrés o están muy angustiados.

Quizás les preocupan las notas del colegio; quizás se sienten menos inteligentes o más torpes que otros porque sacan malas notas en matemáticas… A lo mejor se les da muy mal jugar al fútbol o son mediocres dibujando o tocando música.

Es posible que otros niños les tomen el pelo o incluso los acosen...

El acoso escolar, de hecho, se ha convertido en un problema que afecta a muchos niños y niñas de nuestros días, especialmente ahora con el uso de las redes sociales.

Yo creo que todos, más o menos, hemos vivido situaciones angustiosas o traumáticas de pequeños. Lo que pasa es que normalmente las olvidamos, quizás de forma inconsciente, y nos acordamos solo de los buenos momentos. Por eso tendemos a idealizar la infancia y pensar que de niños éramos felices: porque solo recordamos lo bueno y nos olvidamos de todo lo malo.

O sea, es posible que de niños fuéramos menos felices de lo que pensamos.

De hecho, yo, por ejemplo, de niño lo pasaba muy mal y estaba muy a menudo muy angustiado porque era muy tímido.

Algunas personas supongo que dirán que eso es imposible, que es imposible que yo sea tímido porque hago vídeos en YouTube…

Pero es que no solo hago vídeos en YouTube, es que en mis vídeos hago muchas tonterías, ¿no? Muchas chorradas…

Bueno, si habéis visto mis vídeos, ya sabéis de qué estoy hablando…

Y, claro, muchos dirán que es imposible que un tío que hace todas esas majaderías en Youtube, delante de miles de personas de todo el mundo, pues, que… sí, que es imposible que alguien así sea tímido…

Pero os aseguro que es verdad. Yo en la vida real soy muy tímido, muy cortado, muy apagado… incluso soso. Yo tengo complejo de soso.

¿Sabéis qué significa ser “soso”?

Soso o sosa, si hablamos de algo femenino, es una comida que no tiene bastante sal. Por ejemplo, si una sopa no tiene mucha sal, si se te olvida echarle sal, pues entonces puedes decir que la sopa está sosa. Entendéis, ¿no? Es como “insípida”, que no tiene sabor.

Y lo mismo se puede decir de una persona, de un hombre, de una mujer… Si alguien es muy callado, no dice nada interesante, si solo habla con monosílabos o es muy poco creativo… Si le falta imaginación, si no hace bromas ni tiene mucho sentido del humor, si no hace nada excitante ni interesante ni… En fin, entendéis, ¿no? Pues puedes decir que esa persona es un poco sosa, que no tiene sabor, que es un poco aburrida…

Y yo soy así. Yo siempre he sido así. En la vida real, digo. En los vídeos, quizás no, pero en la vida real, sí. Yo tengo complejo de soso, de ser una persona que no tiene mucho que decir, poco interesante, con poca personalidad o con una personalidad poco atractiva…

En inglés se dice que una persona interesante, atractiva, con mucha experiencia, sexi, que sabe cautivar a la gente, que capta la atención de otras personas, pues es cool, ¿no? Supongo que aunque no habléis inglés, seguramente hayáis oído esta palabra: cool.

Bueno, pues, yo no… Yo no soy nada cool. Todo lo contrario. Yo soy lo opuesto de un tío cool. Yo soy soso. O por lo menos me considero bastante soso.

Y… Ahora un poco menos. Desde que tengo un canal en YouTube, un poco menos, claro. Porque mucha gente escribe comentarios diciendo que soy divertido, que les hacen gracia mis videos… y entonces, pues poco a poco me lo he ido creyendo y un poquito, un poquito he cambiado la opinión que tengo sobre mí mismo. No totalmente, ¿eh? Como digo, yo en la vida real sigo teniendo complejo de ser una persona sosa, sin mucho que decir, un poco aburridita…

Pero un poco menos que antes.

Yo, de niño, por ejemplo, era muy tímido, ya lo he dicho. Tenía muy pocos amigos y los que tenía pues decían que yo era muy soso, muy poquita cosa… Eso también se dice. Cuando alguien es así, muy soso, muy aburrido, que no dice nada interesante ni habla mucho, se puede decir que “es muy poquita cosa”.

Pero, bueno, al grano, que ya me estoy enrollando. Lo que estaba diciendo es que de niño y de joven mis amigos siempre me consideraban así como muy poquita cosa, como muy soso. Esa es la idea que tenían de mí.

Es que… Yo creo que el problema era que a mí no se me daba bien nada. Por ejemplo, se me daba fatal jugar al fútbol. Jugaba muy mal. Y como jugaba tan mal, pues siempre me ponían de portero. Además, como estaba gordito, seguramente mis amigos pensaban que un gordo, aunque no fuera muy bueno como futbolista, por lo menos tapaba más espacio en la portería que uno delgado. Total que yo acababa siempre jugando de portero. Que era lo peor, el puesto reservado a los gorditos que no sabían jugar al fútbol ni podían correr ni nada.

También se me daban fatal los juegos de mesa. Siempre perdía. Cuando jugaba con mis amigos del barrio al Monopoly, al parchís o incluso a las Damas y al ajedrez, siempre perdía. Era malísimo en todo. No se me daba bien ningún juego.

Y en el colegio lo pasaba fatal en clase de gimnasia. Cuando corríamos, siempre llegaba el último. Y cuando teníamos que saltar al potro o hacer ejercicios de atletismo, yo acababa haciendo siempre el ridículo. Lo hacía fatal. Era siempre el último de la clase. El peor de todos.

Gimnasia, la clase de gimnasia, como os podéis imaginar, era una María. Es decir, que la aprobaba todo el mundo. Las asignaturas superfáciles que aprueba todo el mundo y que nadie se toma en serio se llaman Marías.

En mi colegio, las Marías eran la gimnasia, la religión, el dibujo y la música. Esas cuatro asignaturas las aprobaba todo el mundo. Supongo que porque los profesores pensaban que no servían para nada. Pero ese es otro tema.

El caso es que Don Fernando, el profesor de gimnasia, no suspendía jamás a nadie. Aunque no supieras jugar al fútbol, aunque llegaras siempre el último en todas las carreras, aunque se te diera fatal saltar al potro, como era mi caso, Don Fernando no suspendía a nadie jamás.

Pero yo odiaba la clase de gimnasia. Yo sabía que tenía el aprobado en esa asignatura seguro, pero a mí lo que me angustiaba era hacer el ridículo delante de los otros niños de la clase. Eso era lo peor. Porque yo estaba muy gordo y no podía correr, no podía hacer ejercicio, no podía saltar…

Bueno, he dicho que la gimnasia era una María y que Don Fernando no suspendía jamás a nadie. Miento. Una vez me suspendió a mí. Yo creo que fui el único niño que Don Fernando suspendió en toda su carrera como profesor de gimnasia.

Es que… lo que pasó fue, que, como me daba tanta angustia y tanta vergüenza ir a clase de gimnasia pues acabé por no ir. Don Fernando, normalmente, si no ibas a clase de gimnasia, no decía nada. Hacía la vista gorda.

Hacer la vista gorda quiere decir ignorar algo, fingir que no te das cuenta de algo, ¿no? Un caso típico de hacer la vista gorda es cuando vas por la calle y ves de repente a alguien que conoces, pero que no quieres saludar en ese momento, no tienes ganas de hablar con él, no sé, porque quizás es alguien que te cae mal, ¿no? Lo que sea. No te apetece hablar con ese tío. Entonces, tú sigues hacia adelante como si nada, fingiendo que no lo has visto… Eso es hacer la vista gorda.

Pues Don Fernando hacía la vista gorda cuando algún niño no iba a su clase. No decía nada. Pasaba de todo.

Pero un año, lo que pasó fue que yo estaba tan agobiado que prácticamente no fui a clase de gimnasia. Me daba vergüenza ir a su clase. Quizás fui un par de veces y ya está. No volví a aparecer por el campo de deportes.

Don Fernando no me dijo nada durante todo el año. Hizo la vista gorda. Pero al final, por lo visto, se enfadó y en junio me suspendió. El tío me suspendió la gimnasia. Tenía que ir en septiembre y hacer un examen de recuperación. Si no pasaba el examen de septiembre, no podía pasar al curso siguiente.

Cuando mis amigos se enteraron se partieron el culo, claro. Se echaron a reír.

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