Lucía trabaja en la oficina de objetos perdidos de la estación de Atocha. Normalmente sabe de quién es cada objeto. Pero no siempre.
Aquella caja de zapatos no tenía nombre ni dirección. Dentro había más de cincuenta cartas, atadas con una cinta roja. Todas eran para la misma persona: Querida Elvira.
—Hay que buscar una pista —dijo Lucía.
—No podemos leer cartas de otra persona —dijo Ramón.
Tenía razón. Lucía solo miró los sobres. Eran de los años setenta. Todos venían de la misma ciudad: Oviedo. Y todos iban a la misma calle de Madrid: la calle del Pez.
Pasaron dos semanas y nadie vino a buscar la caja. Lucía tuvo una idea. Escribió una nota grande y la puso en la puerta de la oficina, donde todo el mundo podía verla: ¿Ha perdido una caja con cartas para Elvira? Estamos aquí.
—Eso no va a funcionar —dijo Ramón.
—Ya veremos —dijo Lucía.
Durante días, mucha gente se paró delante de la nota. La leían, sonreían y seguían caminando. Pero nadie entraba.