—¿Qué ocurre? —preguntó, conteniendo la respiración—. ¿Le ha pasado algo a mi hijo? ¿Qué le ha pasado? ¿Qué?
—Lo siento mucho… —empezó a decir el visitante.
—¿Se ha hecho daño Herbert? —preguntó la madre, muy alterada.
El hombre asintió con la cabeza.
—Está muy malherido —dijo poco a poco—, pero ya no sufre.
—¡Oh, gracias a Dios! —exclamó la señora White, juntando las manos.
De repente comprendió el siniestro significado de aquellas palabras y vio sus temores horriblemente confirmados en el rostro abatido del visitante. Se quedó sin aliento, se volvió hacia su marido y le cogió la mano temblorosa. Hubo un largo silencio.
—Ha quedado atrapado en el engranaje de una máquina —explicó el visitante en voz baja.
El anciano se sentó con la mirada perdida. Cogió la mano de su mujer y se la apretó como en los viejos tiempos de noviazgo, unos cuarenta años atrás.
—La empresa me ha encargado que les exprese su más sincero pésame por esta pérdida irreparable. También se me ha encargado informarles de que Maw y Meggins no se considera responsable del accidente. Sin embargo, como reconocimiento por los servicios prestados por su hijo, desea ofrecerles una cantidad de dinero como indemnización.
El señor White soltó la mano de su mujer y, poniéndose en pie, miró fijamente al visitante con horror. Entonces sus labios resecos pronunciaron:
—¿Cuánto?
—Doscientas libras —fue la respuesta.
Sin oír el grito de su mujer, el anciano sonrió débilmente, extendió las manos como un ciego y cayó al suelo desmayado.