Esa tarde, al volver a casa de su abuela, Alba la encontró sentada en el sofá, muy quieta y con la mirada triste. Por primera vez, Alba entendió con claridad que aquella tristeza tenía una relación directa con la risa que le había robado unos días antes. El nudo en el estómago que sentía desde hacía tiempo se convirtió de golpe en un miedo mucho más grande y real. A Alba le encantaba hacer reír a la gente, pero no quería por nada del mundo hacer daño a su abuela.