Durante los días siguientes, Alba visitó a su abuela varias veces. La notó cada vez más callada y triste. Ya no se reía con las bromas de la televisión ni contaba anécdotas de cuando era joven. Alba sentía que algo no estaba bien.
Una parte de ella empezó a sospechar que quizás tenía algo que ver con el tarro dorado. Sin embargo, Alba prefería no pensar en esa posibilidad tan incómoda.