El colegio organizó una pequeña actividad de lectura en grupo, sin ganadores ni concursos. Cada estudiante debía compartir con la clase su parte favorita de un libro. Mateo, sin ningún nervio ni ganas de demostrar nada, contó con entusiasmo una escena de su libro de aventuras. Sus compañeros lo escucharon con interés.
Esta vez, nadie se sintió incómodo ni se comparó con él.