Desde ese día, Mateo empezó a esconder los libros todavía mejor, debajo del colchón y dentro de cajas viejas del armario. Se había vuelto más desconfiado, incluso con su propia familia. Cuando su madre le preguntaba por qué compraba tantos libros nuevos, él se inventaba excusas rápidas. En el fondo, sabía que estaba haciendo algo raro.
Pero la sensación de saberlo todo era tan agradable que no quería parar por nada del mundo.