La puerta del tercero. Volví a casa a las nueve y media. Siempre volvía a la misma hora. La calle estaba fría y mi edificio estaba muy oscuro.
El ascensor no funcionaba, como casi siempre, y subí por la escalera. Primero subí al primer piso, después al segundo. Cuando estaba subiendo del segundo al tercer piso, escuché una puerta. Era una puerta vieja, una puerta que se movía lentamente.
Una puerta que decía «cric». Me quedé quieto. No vi a nadie. No escuché pasos.
Solo silencio. En el tercer piso no vivía nadie. Me lo había dicho la portera muchas veces. Siempre se quejaba.
«Es una pena, porque en el tercer piso no vive nadie». Subí rápido hasta mi piso, el cuarto. Entré en casa. Dejé las llaves en la mesa.
Entonces escuché otra vez la puerta. Pero ahora el ruido se oía justo detrás de mí.