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El sueño de un hombre ridículo - Dostoyevski, I. – Texto para leer

El sueño de un hombre ridículo - Dostoyevski, I.

Avanzado 2 lección de de espagñol para practicar la lectura

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I.

Soy un hombre ridículoo. Ahora ellos me llaman loco. Y eso podríaa haberme supuesto un ascenso de grado, sí́ no me siguieran considerando igual de ridículoo que antes. Ahora no me enfado y todos me parecen simpáticoss; incluso cuando se burlan de mí́ siguen de algúnn modo pareciéndomee especialmente dulces.

De buena gana me reiríaa con ellos –no ya de mí́, sino por afecto hacia ellos- si no fuera por la tristeza que siento cuando los miro. Y me siento triste porque ellos desconocen la verdad, y yo sí́ la sé́. ¡Oh, qué́ difícill le resulta a uno conocer la verdad! Pero ellos no lo entenderánn.

No, no lo entenderánn. Antes me angustiaba porque les parecíaa ridículoo. Máss que parecérseloo lo era. Siempre fui ridículoo, y lo sé́ probablemente desde el díaa de mi nacimiento.

Seguramente supe que era ridículoo desde que teníaa siete añoss. Despuéss estudié́ en la escuela, máss tarde en la universidad. Y ¿qué́ es lo que sucedió́? Pues que cuanto máss estudiaba, máss me convencíaa de que era ridículoo.

De modo que toda mi ciencia universitaria, a medida que penetraba en ella, pareció́ a fin de cuentas haber existido para demostrarme y explicarme que yo era un hombre ridículoo. Lo mismo que ocurrió́ con la ciencia, tambiénn sucedió́ en la vida real. A medida que pasaban los añoss se acrecentaba y afianzaba en mí́ la conciencia de mi ridículoo aspecto, en todos los sentidos. Siempre se ha reídoo de mí́ todo el mundo, que si habíaa un hombre sobre la faz de la tierra que teníaa consciencia de que era ridículoo, ese hombre era yo; éstaa era la cuestiónn que máss me ofendíaa, cosa que ellos ignoran; pero de esto sóloo yo tengo la culpa: siempre he sido tan orgulloso que por nada del mundo reconocérseloo jamáss a nadie.

Ese orgullo crecíaa en mi interior a medida que pasaban los añoss, y si me hubiera permitido reconocerme como ridículoo, ante cualquier persona, creo que al instante me habríaa volado la tapa de los sesos. ¡Oh, cómoo sufríaa en mi adolescencia pensando que no aguantaríaa máss y que en cualquier momento lo confesaríaa a mis compañeross! Pero desde que me hice joven, y a pesar de ir tomando lentamente conciencia de mi horrible cualidad, no sé́ por qué́, me sentí́ máss aliviado. Y digo que no sé́ por qué́, pues hasta hoy díaa no he encontrado la razónn.

Puede que fuera por aquello de que en mi alma crecíaa una terrible melancolíaa debido a un hecho, que era infinitamente superior a mí́; para ser máss exactos, se habíaa apoderado de mí́ la únicaa convicciónn de que en el mundo todo daba igual. Lo veníaa presintiendo desde hacíaa ya tiempo, pero la convicciónn completa se me presentó́ de pronto el últimoo añoo. De repente sentí́ que me daba igual que existiera el mundo o que no existiera en absoluto. Comencé́ a percibir con todo mi ser que nada existíaa a mi alrededor.

Al principio creí́ que, a pesar de todo, en otros tiempos hubo muchas cosas, pero máss tarde llegué́ a la conclusiónn de que tampoco antes las hubo, de que todo era una ilusiónn. Poco a poco me fui convenciendo de que jamáss existiríaa nada. Entonces de pronto dejé́ de enfadarme con la gente, y apenas me percataba de ellos. La verdad es que eso afloraba incluso en las nimiedades máss insignificantes; por ejemplo, iba por la calle y me chocaba con la gente.

Y no era porque fuera ensimismado y pensativo: no teníaa nada en que pensar; por aquel entonces dejé́ de pensar completamente: todo me daba igual. Si al menos hubiera resuelto algúnn problema; pero no resolví́ ninguno. ¡Y cuántoss habíaa! Pero todo me daba igual, y todos los problemas se apartaban de mí́ por sí́ solos.

Fue despuéss cuando conocí́ la verdad. La conocí́ en noviembre del añoo pasado; concretamente, el tres de noviembre, y desde aquel momento recuerdo cada instante de mi vida. Ocurrió́ en un anochecer lúgubree, el máss lóbregoo que puede haber. Iba de regreso a casa, alrededor de las once de la noche, y recuerdo haber pensado exactamente que no podíaa hacer un tiempo máss funesto.

Incluso en el aspecto físicoo. Durante todo el díaa habíaa estado lloviendo a cántaross una lluvia fríaa, siniestra y terrible; recuerdo que incluso resultaba hostil a la gente; y de pronto, a las once de la noche, dejó́ de llover y se empezó́ a sentir una humedad espantosa, máss pegajosa y fríaa que cuando llovíaa, todo ello desprendíaa una especie de vapor, que salíaa de todos los empedrados de la calle y los callejones cuando se mira en su interior desde una cierta distancia. Y de repente, se me figuró́ que, de haberse apagado todas las farolas de gas, seríaa menos espeluznante, ya que con el gas alumbrando y proporcionando luz hacíaa que el corazónn se sintiera máss triste, porque alumbraba todo eso. Ese díaa apenas comí́, y desde la primera hora de la tarde estuve en casa de un ingeniero, junto a otros dos compañeross suyos.

Estuve completamente callado y creo que les aburrí́. Hablaban sobre un tema apasionante, y en un momento incluso llegaron a acalorarse. Pero el tema les resultaba indiferente, yo ya me habíaa percatado de ello, y se enzarzaron en vano. De pronto les dije: “Señoress, si a ustedes les da igual todo”.

Ellos no se ofendieron, pero se rieron de mí́. Debe ser porque lo que dije fue sin intenciónn alguna, sino únicamentee porque a mí́ todo me daba igual. Se percataron de que a mí́ todo me daba igual, y eso les hizo gracia.

Cuando de regreso a casa, en la calle, pensé́ en las farolas de gas, miré́ hacia el cielo. Hacíaa una noche terriblemente oscura, pero en algunos trozos se podíann distinguir con claridad las nubes despedazadas, y entre ellas unas insondables manchas negras, De golpe, en una de esas manchas, reparé́ una estrellita, y la miré́ fijamente. Sucedió́ porque la estrellita me habíaa insinuado una idea: me habíaa propuesto suicidarme aquella noche. Desde hacíaa dos meses me rondaba la cabeza aquella idea fija, y, a pesar de mi penosa situaciónn económicaa, me compré́ un espléndidoo revólverr y lo cargué́ aquel mismo díaa.

Desde entonces ya habíann transcurrido dos meses, y el revólverr todavíaa permanecíaa en el cajónn; y tanta era mi indiferencia que se me ocurrió́ posponerlo hasta encontrar el momento en que no todo me diera igual; no sé́ por qué́ razónn. Y de ese modo, durante esos dos meses, cada noche cuando regresaba a casa, pensaba que iba a suicidarme. No hacíaa máss que esperar el momento oportuno. Y he aquí́ que esa estrellita me dio la idea, y me propuse que eso debíaa suceder irremisiblemente aquella noche.

Sin embargo, ignoro la razónn por la que la estrella me dio la idea.

Y justo cuando estaba mirando al cielo, de repente una niñaa me agarró́ por el codo. La calle estaba prácticamentee desierta y apenas habíaa transeúntess. A lo lejos, sobre el pescante, dormitaba un cochero. La niñaa tendríaa unos ocho añoss.

Llevaba un pañueloo en la cabeza y un vestidito. Estaba completamente empapada, y se me quedaron especialmente grabadas sus botas mojadas y rotas, que aúnn recuerdo: me llamaron la atenciónn especialmente. La niñaa comenzó́ a tirarme del codo y a llamarme. No lloraba, pronunciaba entrecortadamente algunas palabras, que no lograba articular bien, porque tiritaba y teníaa escalofríoss y convulsiones.

Estaba horrorizada por algo y gritaba desesperadamente: “¡Mamita, mamita!”. Yo giré́ la cabeza hacia ella, y sin decirle palabra continué́ andando; pero la niñaa siguió́ corriendo detráss de mí́ tirándomee del brazo. Su voz teníaa el tono de desesperaciónn de los niñoss cuando estánn muy asustados. Conozco ese tono.

Y aunque no llegara a articular y terminar las palabras, comprendí́ que su madre se estaba muriendo en algúnn lugar, o que algo por el estilo estaríaa sucediendo para que la niñaa saliera corriendo a llamar a alguien, o encontrar algo, con tal de ayudar a su madre. Pero yo no fui tras ella; antes al contrario, de pronto se me pasó́ por la cabeza la idea de espantarla y echarla. Al principio le dije que buscara al guardia municipal. Pero ella juntó́ las manitas y, sollozando y ahogándosee, continuó́ corriendo a mi lado sin apartarse de mí́.

Fue entonces cuando di una patada en el suelo y lancé́ un grito. La niñaa sóloo exclamó́: “¡Señorr, señorr...!”; pero de repente me dejó́, y al momento cruzó́ la calle: en la otra acera habíaa un transeúntee, y al parecer la niñaa me habíaa dejado para salir corriendo tras éll.

Subí́ al quinto piso en el que vivo. Vivo en una habitaciónn de alquiler. Es míseraa y pequeñaa, con un ventanuco semicircular, de desvánn. Tengo un sofá́ cubierto con un hule, una mesa llena de libros, dos sillas y un sillónn, viejo a máss no poder; pero eso sí́, de estilo volteriano.

Me senté́, encendí́ una vela y me puse a meditar. Al lado, en otra habitaciónn, detráss del tabique, continuaba la juerga. Llevaban así́ ya tres díass. Allí́ vivíaa un capitánn retirado, que teníaa invitados –unas seis troneras– que bebíann vodka y jugaban a las cartas con unos viejos naipes.

La noche anterior hubo pelea, y sé́ que dos de ellos se habíann tirado de los pelos durante un buen rato. La casera quiso presentar una denuncia, pero le tiene mucho miedo al capitánn. Aparte de nosotros, en otra habitaciónn, vive de alquiler una señoraa muy bajita y delgada, mujer de un militar, que habíaa venido a la pensiónn con tres niñoss que enfermaron allí́. Tanto ella como los niñoss temíann al capitánn hasta máss no poder, y se pasaban la noche tiritando y santiguándosee; el máss pequeñoo hasta tuvo una especie de ataque por el miedo que le daba el capitánn.

Sé́ que ese tal capitánn para a la gente en la avenida Nevski para pedir limosna. No le admiten para prestar servicio, pero es cosa extrañaa (y por eso lo cuento), pues durante todo el mes, desde que éll se alojó́ aquí́, no me contrarió́ en absoluto. Desde el principio rehuí́ cualquier contacto amistoso con éll, y, ademáss, desde el primer díaa éll mismo se aburrió́ conmigo, y por máss que puedan gritar al otro lado del tabique, y por máss gente que pueda haber allí́, a mí́ siempre me resulta indiferente. Permanezco toda la noche sentado, y la verdad es que ni los oigo, hasta tal punto me abstraigo y me olvido de que estánn allí́.

No me duerno en toda la noche hasta el amanecer; y así́ ha transcurrido ya un añoo. Durante la noche entera estoy sentado en el sillónn, delante de la mesa sin hacer nada. Los libros los leo sóloo durante el díaa. Permanezco sentado y ni siquiera pienso, sino que dejo que algunas ideas me ronden, y yo las dejo vagar a su libertad.

Durante la noche se gasta toda la vela.

Me senté́ despacio junto a la mesa, saqué́ el revólverr y lo puse delante de mí́. Cuando lo coloqué́, recuerdo que me hice una pregunta a mí́ mismo: “¿Ha de ser así́?”, y completamente convencido me dije: “Así́ ha de ser”. Es decir, me suicidaré́. Sabíaa que probablemente me suicidaríaa aquella noche, pero ignoraba cuántoo tiempo permaneceríaa así́ sentado junto a la mesa. Y sin duda alguna me habríaa dado un tiro en la cabeza, de no ser por aquella niñaa.

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