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Historia del año: Español con Juan, Historias en español: enero

¡Hola, chicos! ¿Qué tal?

Para aprender español es fundamental aprender palabras, muchas palabras. Tienes que aprender el vocabulario de la casa, de la familia, la ropa, los colores, los meses del año, los días de la semana…

El problema es: ¿cómo aprender esas palabras? ¿Cómo memorizarlas?

Muchos estudiantes estudian listas de palabras. Simplemente cogen listas de palabras y las memorizan, las aprenden de memoria.

Pero, para mí, a largo plazo, cuando ya se conoce un poco el vocabulario básico del español, una alternativa mejor es aprender vocabulario leyendo y escuchando historias; es decir, aprender palabras en el contexto de una historia.

Y eso es lo que vamos a hacer en el vídeo de hoy: os voy a contar una historia. Una historia corta que he escrito especialmente para vosotros, para ayudaros a aprender vocabulario en español, en contexto.

Además podéis leer la transcripción y hacer un ejercicio de vocabulario en nuestro blog.

¿De acuerdo?

¿Estáis listos? ¿Estáis listas?

Venga, no me enrollo más, ¡empezamos!

REBAJAS DE ENERO Esta historia se llama Rebajas de enero.

Era el primero de enero, el primer día del año. A mí el primer día del año me gusta levantarme temprano y salir a la calle a pasear porque las calles están desiertas, no hay nadie, y como yo soy muy tímido, pues me gusta pasear por las calles de la ciudad cuando no hay mucha gente.

En fin, llevaba diez o quince minutos caminando cuando de repente alguien me llamó: ¡Juan, Juan!

Me di la vuelta y miré. Era Carlos, mi amigo Carlos. Yo estaba muy contento de verle. Lo abracé y le dije: “¡Feliz año nuevo! ¡Felicidades!” Lo típico, ¿no? Lo que se suele decir el día uno de enero.

Él me miró muy serio y me dijo: “¿Pero dónde vas? ¿Dónde vas así, tío? ¿No tienes frío? ¡Te vas a poner enfermo! ¡Es que no tienes un gorro!”

A mí nunca me ha gustado llevar gorro. Nunca me han gustado los gorros. Pero la verdad es que Carlos tenía razón. ¡Hacía mucho frío! Unos días antes había nevado, todavía había nieve por las calles y hacía mucho frío.

“¡No puedes salir a la calle así! ¡Está loco! ¡Te vas a poner enfermo! ¡Vas a coger un resfriado, vas a coger la gripe!”

Carlos tenía razón. Hacía mucho frío. Necesitaba un gorro, un gorro de lana. No podía salir a la calle en el mes de enero, en invierno, sin gorro. Podía ponerme enfermo. Podía coger un resfriado, podía coger la gripe.

Así que, bueno, ¿sabéis lo que hice? Como yo no tenía ningún gorro en casa, les pedí a los Reyes Magos que me trajeran un gorro.

No sé si sabéis que en España los regalos los traen, tradicionalmente, los Reyes Magos el día 6 de enero. Bueno, pues yo, aquel año, a los Reyes Magos les pedí que me trajeran un gorro, un gorro de lana, para ponérmelo en la cabeza y salir a la calle abrigado en los días fríos de invierno.

Y, efectivamente, el día 6 de enero cuando me levanté por la mañana, encontré, debajo del árbol de Navidad un gorro, un gorro de lana muy bonito, de color rojo. Me lo puse, me miré al espejo y pensé:

“¡Ah, qué bien! Ahora puedo salir a la calle sin pasar frío, ahora puedo ir a pasear en los meses de invierno sin miedo a ponerme enfermo!”

Y eso fue lo que hice. Me puse el gorro rojo de lana y me fui a dar un paseo.

Yo estaba de buen humor. Hacía frío, pero a mí no me importaba porque yo llevaba un gorro de lana y ya no tenía miedo de ponerme enfermo, ni a coger un resfriado, ni a coger la gripe.

Llevaba diez o quince minutos caminando por la calle cuando, de repente, escuché una voz que decía: ¡Juan, Juan! ¿Qué haces? ¿Dónde vas?

Me di la vuelta y miré. Era Roberto, mi amigo Roberto. Yo estaba muy contento de verle. Así que lo abracé y le dije:”¡Feliz año nuevo! ¡Felicidades!” Lo típico, ¿no? Lo que se suele decir esos días.

Él me miró y de repente se echó a reír: “¡Jajaja! Pero, tío, ¿dónde vas con ese gorro? ¡es ridículo! ¡es un gorro ridículo!”

Yo no entendía bien de qué se reía Roberto. ¿Por qué decía que mi gorro de lana era ridículo?

“Pero, hombre”, me dijo, “pero hombre, es que no te das cuenta de que tú ya eres muy mayor para lleva un gorro rojo. Ese gorro es para alguien muy joven, para alguien mucho más joven que tú. ¡Estás haciendo el ridículo, hombre!”

Me dio mucha vergüenza. Me dio vergüenza porque yo soy muy tímido. Pero tenía razón. Roberto tenía razón. Yo ya tenía una cierta edad, yo ya no era un jovencito para ir por la calle con un gorro rojo. Los gorros rojos son para jóvenes y yo ya era muy mayor.

Entonces, ¿sabéis qué hice?

Le pedí a mi hermana el ticket de compra del gorro y fui a la tienda donde mi hermana lo había comprado. Quería devolverlo, descambiarlo. Quería descambiarlo por un gorro más serio, un gorro más apropiado para mi edad.

Llegué a la tienda y le dije a la dependienta: “Quería devolver este gorro. Aquí tengo el ticket de compra. Quería descambiarlo por un gorro más serio, por un gorro más apropiado para mi edad”.

La chica, la dependienta, fue muy amable conmigo. Me dijo, “claro, por supuesto, mire en aquella sección y coja el gorro que más le guste”.

Como eran las rebajas de enero había mucha gente en la tienda, pero por suerte todavía había gorros. Entonces, fui y cogí un gorro negro, un gorro de lana, como el que me habían traído los Reyes, pero en lugar de rojo, de color negro. Era un gorro más serio, más apropiado para mi edad.

Total, que me lo puse y salí de la tienda.

Bueno, pues, llevaba diez o quince minutos caminando cuando escuché otra vez a alguien que me llamaba: “¡Juan, Juan!” Me di la vuelta y miré. Era Marta, mi amiga Marta.

Yo estaba muy contento. Tenía un gorro de lana nuevo, de color negro, un gorro serio, muy apropiado para mi edad, y ya no tenía frío, ya no tenía miedo de ponerme enfermo, ni de coger un resfriado, ni de coger la gripe. Como estaba de muy buen humor, la abracé y le dije:”¡Feliz año nuevo, Marta! ¡Felicidades!” Lo típico, ¿no? Lo que se suele decir esos días.

Ella me miró y de repente se echó a reír: “Jajaja! ¿Pero, tío, dónde vas? ¿Dónde vas así? ¿Dónde vas con ese gorro tan triste? ¿Dónde vas con ese gorro tan serio? Te hace más mayor de lo que eres”.

Otra vez dio mucha vergüenza. Me dio vergüenza porque yo soy muy tímido. Pero tenía razón. Marta tenía razón. Un gorro negro era demasiado serio, demasiado formal. Me hacía más mayor de lo que era.

Entonces, ¿sabéis qué hice?

Volvi a la tienda. Hablé con la dependienta, que era una chica joven muy amable y le expliqué mi problema. “Mira”, le dije, “me han dicho que este gorro es demasiado serio para mí. ¿no tienes gorros de otros colores?”

Ella, muy simpática, me sonrió y me dijo, “claro, mira en aquella sección y coge el gorro que más te guste”.

Entonces fui hacia la sección donde la chica me había dicho. Todavía había mucha gente que estaba allí comprando en las rebajas de enero. Algunos se peleaban y gritaban: “esa camisa es mía, yo la vi primero, no es mía, que te calles, los calcetines, los calcetines….”

Total, que yo, como pude, fui, busqué otro gorro un poco más informal, me lo probé y me lo puse. Era un gorro verde muy bonito, de lana, como los otros, pero de color verde, es decir, ni demasiado serio ni demasiado informal.

Le di las gracias a la dependienta y volví a salir a la calle.

Llevaba diez o quince minutos caminando cuando, de repente, volví a escuchar que alguien me llamaba: “¡Juan, Juan! ¿Tío, qué haces? ¿Dónde vas?”

Me di la vuelta y miré. Era Antonio, mi amigo Antonio.

Yo estaba muy contento. Tenía un gorro de lana nuevo, de color verde, un gorro serio, pero no demasiado serio, un gorro informal, pero no demasiado informal. Me parecía un gorro muy apropiado para mi edad, y además ya no tenía frío, ya no tenía miedo de ponerme enfermo, ni de coger un resfriado, ni de coger la gripe.

Como estaba de muy buen humor, lo abracé y le dije:”¡Feliz año nuevo, Antonio! ¡Felicidades!” Lo típico, ¿no? Lo que se suele decir esos días.

Él me miró y de repente se echó a reír: “¡Jajaja! ¿Pero, tío, dónde vas? ¿Dónde vas así? ¿Dónde vas con ese gorro tan ridículo? ¡Estás haciendo el ridículo!”

Yo no entendía bien de qué se reía Antonio. ¿Por qué decía que mi gorro de lana era ridículo?

“Pero, hombre”, me dijo, “pero hombre, es que no te das cuenta de que ese tipo de gorros son para chicas, para mujeres, no para nosotros. Los hombres como nosotros tenemos que llevar algo diferente”.

Yo le miré, pero no entendía qué quería decir.

“¡Una gorra, hombre, una gorra! ¡Para los hombres como nosotros lo apropiado es llevar una gorra, no un gorro!

¡Estás haciendo el ridículo, hombre!”

Me dio mucha vergüenza. Me dio vergüenza porque yo soy muy tímido. Pero quizás tenía razón. Quizás Antonio tenía razón. Quizás los gorros de lana no son apropiados para hombres. Quizás los hombres como yo, especialmente los hombres de una cierta edad, deberíamos llevar gorras, no gorros.

Entonces, ¿sabéis qué hice?

Claro, volví a la tienda. Cuando la dependienta me vio entrar otra vez en la tienda se echó a reír.

“¡Pero hombre, otra vez! ¿Otra vez quieres descambiar el gorro?”

Me dio vergüenza, la verdad. Me dio vergüenza porque yo soy muy tímido. Era la tercera vez que iba a descambiar el gorro. Entonces, le dije: “Un gorro no, esta vez no quiero un gorro, quiero una gorra, una gorra para hombres, una gorra para hombres, para hombres como yo”.

La chica volvió a echarse a reír: “Ah, vale, entiendo, una gorra para hombres como tú”.

“Pues lo siento”, me dijo, “acabo de vender la última gorra que me quedaba en la tienda. Es que ahora hay rebajas, ¿sabes? La gente ha comprado todos los gorros y todas las gorras porque estaban muy bien de precio”.

Yo miré hacia la gente que estaba comprando en la tienda. Algunos se peleaban y gritaban: “¡Esa camisa es mía, yo la vi primero, no es mía, que te calles, los calcetines, los calcetines, yo quiero esos calcetines…”.

Total que me quedé sin gorra y sin gorro. Ya los habían vendido todos.

Entonces me puse muy triste. Pensé que ahora tendría que salir a la calle sin gorro y sin gorra y que probablemente me pondría enfermo porque hacía mucho frío y que cogería un resfriado o la gripe…

La dependienta, al verme tan triste, se echó a reír y me dijo: “Pero, hombre, ¿Por qué estás tan triste? Tú estás más guapo así, sin llevar nada en la cabeza. Tienes un pelo muy bonito. No deberías cubrirlo”.

Yo, al escuchar aquella frase me puse muy contento. La chica de la tienda, la dependienta, pensaba que yo era guapo y que mi pelo era muy bonito.

Entonces, pensé: ¡Es verdad! ¡la dependienta tiene razón! ¿Por qué tengo que cubrirme el pelo? ¡Yo tengo el pelo muy bonito! No debería llevar nada en la cabeza, ni un gorra, ni una gorra, ni un sombrero… ¡nada!

Entonces, ¿sabéis lo que hice? Yo soy tímido, pero en aquel momento me puse tan contento, que hice lo que nunca había hecho hasta entonces en toda mi vida: le pedí una cita a la chica de la tienda, a la dependienta. Eso hice. Le pedí una cita.

A pesar de que era una chica muy guapa y mucho más joven que yo; a pesar de que yo soy muy tímido, le pedí una cita. Le dije: “Ahora estamos en la cuesta de enero y no tengo mucho dinero, la verdad, pero si quieres, en febrero, el mes próximo, me gustaría invitarte a cenar conmigo, ¿qué me dices?”.

Y la chica, la dependienta de la tienda, ¿sabéis qué me dijo la dependienta de la tienda? Me dijo: “Me encantaría cenar contigo, pero ¿por qué esperar al mes que viene? ¿Por qué esperar a febrero? Mejor esta noche o mañana o quizás pasado mañana…”

Y yo le dije: “Bueno, me encantaría, pero es que estamos en la cuesta de enero y yo ahora no tengo mucho dinero para invitarte a cenar”.

Y ella me dijo: “Bah, eso no importa, yo soy una mujer joven y moderna y te puedo invitar a cenar a ti”.

Y entonces yo le dije que sí, que vale, y quedamos, quedamos para hoy, para esta noche.

Como os podéis imaginar, yo me puse muy contento. Yo soy tímido, yo soy muy tímido y nunca me había pasado algo así: una chica tan guapa, tan simpática y mucho más joven que yo decía que yo era guapo, que le gustaba mi pelo y me había invitado a cenar…

Sali a la calle muy contento. En cada escaparate, en cada espejo, me miraba la cabeza y pensaba: “¡Qué pelo tan bonito tienes, Juan!”

¡Hacía mucho frío! Unos días antes había nevado, todavía había nieve por las calles y hacía mucho frío.

Pero ya no me importaba: la chica de la tienda me había dicho que yo tenía un pelo muy bonito y que no necesitaba llevar gorro, ni gorra, ni nada… que estaba mucho más guapo sin llevar nada en la cabeza…

Y probablemente tenía razón. Probablemente la chica de la tienda tenía razón y yo estaba mucho más guapo sin llevar nada en la cabeza, así…

El problema es que me puse enfermo y ahora, ahora llevo dos días sin poder salir de casa porque he cogido un resfriado o quizás he cogido la gripe… me siento muy mal…

Creo que tengo que cancelar la cita con la chica de la tienda. Sí, voy a llamarla para cancelar la cita porque yo así no puedo salir… ¡achis!

Os recuerdo que en el blog podéis encontrar la transcripción del vídeo y un ejercicio de vocabulario, ¿de acuerdo?

¡Venga!

¡Hasta luego!

¡Nos vemos en el próximo vídeo!



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El problema es: ¿cómo aprender esas palabras? ¿Cómo memorizarlas?

Muchos estudiantes estudian listas de palabras. Simplemente cogen listas de palabras y las memorizan, las aprenden de memoria.

Pero, para mí, a largo plazo, cuando ya se conoce un poco el vocabulario básico del español, una alternativa mejor es aprender vocabulario leyendo y escuchando historias; es decir, aprender palabras en el contexto de una historia.

Y eso es lo que vamos a hacer en el vídeo de hoy: os voy a contar una historia. Una historia corta que he escrito especialmente para vosotros, para ayudaros a aprender vocabulario en español, en contexto.

Además podéis leer la transcripción y hacer un ejercicio de vocabulario en nuestro blog.

¿De acuerdo?

¿Estáis listos? ¿Estáis listas?

Venga, no me enrollo más, ¡empezamos!

REBAJAS DE ENERO Esta historia se llama Rebajas de enero.

Era el primero de enero, el primer día del año. A mí el primer día del año me gusta levantarme temprano y salir a la calle a pasear porque las calles están desiertas, no hay nadie, y como yo soy muy tímido, pues me gusta pasear por las calles de la ciudad cuando no hay mucha gente.

En fin, llevaba diez o quince minutos caminando cuando de repente alguien me llamó: ¡Juan, Juan!

Me di la vuelta y miré. Era Carlos, mi amigo Carlos. Yo estaba muy contento de verle. Lo abracé y le dije: “¡Feliz año nuevo! ¡Felicidades!” Lo típico, ¿no? Lo que se suele decir el día uno de enero.

Él me miró muy serio y me dijo: “¿Pero dónde vas? ¿Dónde vas así, tío? ¿No tienes frío? ¡Te vas a poner enfermo! ¡Es que no tienes un gorro!”

A mí nunca me ha gustado llevar gorro. Nunca me han gustado los gorros. Pero la verdad es que Carlos tenía razón. ¡Hacía mucho frío! Unos días antes había nevado, todavía había nieve por las calles y hacía mucho frío.

“¡No puedes salir a la calle así! ¡Está loco! ¡Te vas a poner enfermo! ¡Vas a coger un resfriado, vas a coger la gripe!”

Carlos tenía razón. Hacía mucho frío. Necesitaba un gorro, un gorro de lana. No podía salir a la calle en el mes de enero, en invierno, sin gorro. Podía ponerme enfermo. Podía coger un resfriado, podía coger la gripe.

Así que, bueno, ¿sabéis lo que hice? Como yo no tenía ningún gorro en casa, les pedí a los Reyes Magos que me trajeran un gorro.

No sé si sabéis que en España los regalos los traen, tradicionalmente, los Reyes Magos el día 6 de enero. Bueno, pues yo, aquel año, a los Reyes Magos les pedí que me trajeran un gorro, un gorro de lana, para ponérmelo en la cabeza y salir a la calle abrigado en los días fríos de invierno.

Y, efectivamente, el día 6 de enero cuando me levanté por la mañana, encontré, debajo del árbol de Navidad un gorro, un gorro de lana muy bonito, de color rojo. Me lo puse, me miré al espejo y pensé:

“¡Ah, qué bien! Ahora puedo salir a la calle sin pasar frío, ahora puedo ir a pasear en los meses de invierno sin miedo a ponerme enfermo!”

Y eso fue lo que hice. Me puse el gorro rojo de lana y me fui a dar un paseo.

Yo estaba de buen humor. Hacía frío, pero a mí no me importaba porque yo llevaba un gorro de lana y ya no tenía miedo de ponerme enfermo, ni a coger un resfriado, ni a coger la gripe.

Llevaba diez o quince minutos caminando por la calle cuando, de repente, escuché una voz que decía: ¡Juan, Juan! ¿Qué haces? ¿Dónde vas?

Me di la vuelta y miré. Era Roberto, mi amigo Roberto. Yo estaba muy contento de verle. Así que lo abracé y le dije:”¡Feliz año nuevo! ¡Felicidades!” Lo típico, ¿no? Lo que se suele decir esos días.

Él me miró y de repente se echó a reír: “¡Jajaja! Pero, tío, ¿dónde vas con ese gorro? ¡es ridículo! ¡es un gorro ridículo!”

Yo no entendía bien de qué se reía Roberto. ¿Por qué decía que mi gorro de lana era ridículo?

“Pero, hombre”, me dijo, “pero hombre, es que no te das cuenta de que tú ya eres muy mayor para lleva un gorro rojo. Ese gorro es para alguien muy joven, para alguien mucho más joven que tú. ¡Estás haciendo el ridículo, hombre!”

Me dio mucha vergüenza. Me dio vergüenza porque yo soy muy tímido. Pero tenía razón. Roberto tenía razón. Yo ya tenía una cierta edad, yo ya no era un jovencito para ir por la calle con un gorro rojo. Los gorros rojos son para jóvenes y yo ya era muy mayor.

Entonces, ¿sabéis qué hice?

Le pedí a mi hermana el ticket de compra del gorro y fui a la tienda donde mi hermana lo había comprado. Quería devolverlo, descambiarlo. Quería descambiarlo por un gorro más serio, un gorro más apropiado para mi edad.

Llegué a la tienda y le dije a la dependienta: “Quería devolver este gorro. Aquí tengo el ticket de compra. Quería descambiarlo por un gorro más serio, por un gorro más apropiado para mi edad”.

La chica, la dependienta, fue muy amable conmigo. Me dijo, “claro, por supuesto, mire en aquella sección y coja el gorro que más le guste”.

Como eran las rebajas de enero había mucha gente en la tienda, pero por suerte todavía había gorros. Entonces, fui y cogí un gorro negro, un gorro de lana, como el que me habían traído los Reyes, pero en lugar de rojo, de color negro. Era un gorro más serio, más apropiado para mi edad.

Total, que me lo puse y salí de la tienda.

Bueno, pues, llevaba diez o quince minutos caminando cuando escuché otra vez a alguien que me llamaba: “¡Juan, Juan!” Me di la vuelta y miré. Era Marta, mi amiga Marta.

Yo estaba muy contento. Tenía un gorro de lana nuevo, de color negro, un gorro serio, muy apropiado para mi edad, y ya no tenía frío, ya no tenía miedo de ponerme enfermo, ni de coger un resfriado, ni de coger la gripe. Como estaba de muy buen humor, la abracé y le dije:”¡Feliz año nuevo, Marta! ¡Felicidades!” Lo típico, ¿no? Lo que se suele decir esos días.

Ella me miró y de repente se echó a reír: “Jajaja! ¿Pero, tío, dónde vas? ¿Dónde vas así? ¿Dónde vas con ese gorro tan triste? ¿Dónde vas con ese gorro tan serio? Te hace más mayor de lo que eres”.

Otra vez dio mucha vergüenza. Me dio vergüenza porque yo soy muy tímido. Pero tenía razón. Marta tenía razón. Un gorro negro era demasiado serio, demasiado formal. Me hacía más mayor de lo que era.

Entonces, ¿sabéis qué hice?

Volvi a la tienda. Hablé con la dependienta, que era una chica joven muy amable y le expliqué mi problema. “Mira”, le dije, “me han dicho que este gorro es demasiado serio para mí. ¿no tienes gorros de otros colores?”

Ella, muy simpática, me sonrió y me dijo, “claro, mira en aquella sección y coge el gorro que más te guste”.

Entonces fui hacia la sección donde la chica me había dicho. Todavía había mucha gente que estaba allí comprando en las rebajas de enero. Algunos se peleaban y gritaban: “esa camisa es mía, yo la vi primero, no es mía, que te calles, los calcetines, los calcetines….”

Total, que yo, como pude, fui, busqué otro gorro un poco más informal, me lo probé y me lo puse. Era un gorro verde muy bonito, de lana, como los otros, pero de color verde, es decir, ni demasiado serio ni demasiado informal.

Le di las gracias a la dependienta y volví a salir a la calle.

Llevaba diez o quince minutos caminando cuando, de repente, volví a escuchar que alguien me llamaba: “¡Juan, Juan! ¿Tío, qué haces? ¿Dónde vas?”

Me di la vuelta y miré. Era Antonio, mi amigo Antonio.

Yo estaba muy contento. Tenía un gorro de lana nuevo, de color verde, un gorro serio, pero no demasiado serio, un gorro informal, pero no demasiado informal. Me parecía un gorro muy apropiado para mi edad, y además ya no tenía frío, ya no tenía miedo de ponerme enfermo, ni de coger un resfriado, ni de coger la gripe.

Como estaba de muy buen humor, lo abracé y le dije:”¡Feliz año nuevo, Antonio! ¡Felicidades!” Lo típico, ¿no? Lo que se suele decir esos días.

Él me miró y de repente se echó a reír: “¡Jajaja! ¿Pero, tío, dónde vas? ¿Dónde vas así? ¿Dónde vas con ese gorro tan ridículo? ¡Estás haciendo el ridículo!”

Yo no entendía bien de qué se reía Antonio. ¿Por qué decía que mi gorro de lana era ridículo?

“Pero, hombre”, me dijo, “pero hombre, es que no te das cuenta de que ese tipo de gorros son para chicas, para mujeres, no para nosotros. Los hombres como nosotros tenemos que llevar algo diferente”.

Yo le miré, pero no entendía qué quería decir.

“¡Una gorra, hombre, una gorra! ¡Para los hombres como nosotros lo apropiado es llevar una gorra, no un gorro!

¡Estás haciendo el ridículo, hombre!”

Me dio mucha vergüenza. Me dio vergüenza porque yo soy muy tímido. Pero quizás tenía razón. Quizás Antonio tenía razón. Quizás los gorros de lana no son apropiados para hombres. Quizás los hombres como yo, especialmente los hombres de una cierta edad, deberíamos llevar gorras, no gorros.

Entonces, ¿sabéis qué hice?

Claro, volví a la tienda. Cuando la dependienta me vio entrar otra vez en la tienda se echó a reír.

“¡Pero hombre, otra vez! ¿Otra vez quieres descambiar el gorro?”

Me dio vergüenza, la verdad. Me dio vergüenza porque yo soy muy tímido. Era la tercera vez que iba a descambiar el gorro. Entonces, le dije: “Un gorro no, esta vez no quiero un gorro, quiero una gorra, una gorra para hombres, una gorra para hombres, para hombres como yo”.

La chica volvió a echarse a reír: “Ah, vale, entiendo, una gorra para hombres como tú”.

“Pues lo siento”, me dijo, “acabo de vender la última gorra que me quedaba en la tienda. Es que ahora hay rebajas, ¿sabes? La gente ha comprado todos los gorros y todas las gorras porque estaban muy bien de precio”.

Yo miré hacia la gente que estaba comprando en la tienda. Algunos se peleaban y gritaban: “¡Esa camisa es mía, yo la vi primero, no es mía, que te calles, los calcetines, los calcetines, yo quiero esos calcetines…”.

Total que me quedé sin gorra y sin gorro. Ya los habían vendido todos.

Entonces me puse muy triste. Pensé que ahora tendría que salir a la calle sin gorro y sin gorra y que probablemente me pondría enfermo porque hacía mucho frío y que cogería un resfriado o la gripe…

La dependienta, al verme tan triste, se echó a reír y me dijo: “Pero, hombre, ¿Por qué estás tan triste? Tú estás más guapo así, sin llevar nada en la cabeza. Tienes un pelo muy bonito. No deberías cubrirlo”.

Yo, al escuchar aquella frase me puse muy contento. La chica de la tienda, la dependienta, pensaba que yo era guapo y que mi pelo era muy bonito.

Entonces, pensé: ¡Es verdad! ¡la dependienta tiene razón! ¿Por qué tengo que cubrirme el pelo? ¡Yo tengo el pelo muy bonito! No debería llevar nada en la cabeza, ni un gorra, ni una gorra, ni un sombrero… ¡nada!

Entonces, ¿sabéis lo que hice? Yo soy tímido, pero en aquel momento me puse tan contento, que hice lo que nunca había hecho hasta entonces en toda mi vida: le pedí una cita a la chica de la tienda, a la dependienta. Eso hice. Le pedí una cita.

A pesar de que era una chica muy guapa y mucho más joven que yo; a pesar de que yo soy muy tímido, le pedí una cita. Le dije: “Ahora estamos en la cuesta de enero y no tengo mucho dinero, la verdad, pero si quieres, en febrero, el mes próximo, me gustaría invitarte a cenar conmigo, ¿qué me dices?”.

Y la chica, la dependienta de la tienda, ¿sabéis qué me dijo la dependienta de la tienda? Me dijo: “Me encantaría cenar contigo, pero ¿por qué esperar al mes que viene? ¿Por qué esperar a febrero? Mejor esta noche o mañana o quizás pasado mañana…”

Y yo le dije: “Bueno, me encantaría, pero es que estamos en la cuesta de enero y yo ahora no tengo mucho dinero para invitarte a cenar”.

Y ella me dijo: “Bah, eso no importa, yo soy una mujer joven y moderna y te puedo invitar a cenar a ti”.

Y entonces yo le dije que sí, que vale, y quedamos, quedamos para hoy, para esta noche.

Como os podéis imaginar, yo me puse muy contento. Yo soy tímido, yo soy muy tímido y nunca me había pasado algo así: una chica tan guapa, tan simpática y mucho más joven que yo decía que yo era guapo, que le gustaba mi pelo y me había invitado a cenar…

Sali a la calle muy contento. En cada escaparate, en cada espejo, me miraba la cabeza y pensaba: “¡Qué pelo tan bonito tienes, Juan!”

¡Hacía mucho frío! Unos días antes había nevado, todavía había nieve por las calles y hacía mucho frío.

Pero ya no me importaba: la chica de la tienda me había dicho que yo tenía un pelo muy bonito y que no necesitaba llevar gorro, ni gorra, ni nada… que estaba mucho más guapo sin llevar nada en la cabeza…

Y probablemente tenía razón. Probablemente la chica de la tienda tenía razón y yo estaba mucho más guapo sin llevar nada en la cabeza, así…

El problema es que me puse enfermo y ahora, ahora llevo dos días sin poder salir de casa porque he cogido un resfriado o quizás he cogido la gripe… me siento muy mal…

Creo que tengo que cancelar la cita con la chica de la tienda. Sí, voy a llamarla para cancelar la cita porque yo así no puedo salir… ¡achis!

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