Había una vez un picapedrero llamado Tao. Todos los días golpeaba piedras enormes en la montaña, desde la mañana hasta la noche. Tao tenía un martillo, una casa pequeña y tenía un trabajo muy duro. Un día, mientras descansaba, Tao vio pasar a un mercader muy rico, con ropa bonita y muchas joyas.
Tao lo miró y pensó: "Yo tengo un martillo y piedras. Ese hombre tiene oro y joyas. Yo quiero ser rico como él".