Durante varios días, Nadia se debatió internamente sobre qué objeto entregar. Era consciente de que debía tratarse de algo genuinamente significativo. Solo así el espíritu aceptaría el sacrificio como suficiente. Finalmente, decidió entregar un pequeño colgante que había pertenecido a su madre.
Su madre había fallecido años atrás, y el colgante era uno de los pocos recuerdos físicos que conservaba de ella. Llevaba el colgante siempre consigo como talismán protector. Con el corazón encogido, se dirigió nuevamente al río y depositó el colgante en sus aguas. Observó cómo la corriente lo arrastraba lentamente hacia las profundidades desconocidas.