Convencida de que debía proteger su juventud a toda costa, Elvira comenzó a evitar deliberadamente cualquier situación que pudiera provocarle alegría profunda. Rechazó invitaciones a bodas, fiestas y reuniones familiares con distintas excusas cada vez más difíciles de sostener. Se rodeó de una tristeza controlada, casi artificial, que le permitía mantener su apariencia juvenil intacta. Sin embargo, esto fue a costa de una vida cada vez más solitaria y vacía de verdadero contenido emocional.
Sus vecinos, que en otros tiempos la habían admirado por su carácter alegre, empezaron a comentar entre ellos lo distante y fría que se había vuelto Elvira con el paso de los años. No sospechaban en absoluto la razón real detrás de aquel cambio tan drástico.