Cuando terminó, Carmen cerró la tapa del piano con cuidado. Se puso el abrigo, cogió el bolso y salió de la sala. Cerró la puerta con llave. Caminó hasta el café moderno.
Miguel estaba recogiendo las mesas de la terraza. Carmen le devolvió la llave. Bien, dijo Miguel. Muy bien, dijo Carmen.
Caminó de vuelta a casa despacio, con el sombrero rojo un poco ladeado por el viento. La ciudad estaba tranquila a esas horas. En algún lugar, probablemente, un chico joven estaba escribiendo un cuento sobre una señora con un sombrero rojo y una llave misteriosa. Carmen no lo sabía, pero quizás se habría reído.