En la librería, Lucía mira la puerta constantemente. Un minuto, dos minutos, cinco minutos. Van entrando clientes, como siempre, pero ella espera a un cliente muy especial. No para de mirar a la puerta, pero Antonio no llega.
Lucía piensa: Tranquila, seguro que viene en algún momento de la mañana. Pero no, no está tranquila. Ordena libros y los desordena. Los cambia de sitio y vuelve a ordenarlos.
Va de un lugar a otro mirando estanterías, cambiando cosas de sitio y mirando a la puerta. Se esfuerza por negar que está nerviosa e intenta relajarse pensando en otras cosas, pero no puede. De repente, la puerta se abre y Antonio entra. Y Lucía sonríe inmediatamente, sin pensarlo, sin quererlo.
Simplemente sonríe porque no puede evitar demostrar que está contenta de verlo. Antonio lo nota y también sonríe.