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Sherlock Holmes - La faja atigrada, La faja atigrada - 03

La faja atigrada - 03

Sherlock Holmes había estado recostado en su sillón, con los ojos cerrados y la cabeza hundida en un cojín, pero en ese momento entreabrió los párpados y miró a nuestra visitante.

—Sírvase usted de especificar los detalles—dijo.

—Es fácil para mí el hacerlo porque todos los acontecimientos de esta horrenda época están grabados en mi memoria. La casa es, como ya he dicho, muy vieja y solo una de sus alas está habitada. Los dormitorios de esa ala se encuentran en el piso bajo. Las alas están en el edificio principal. De esos dormitorios, el primero es el del doctor Roylott, el tercero de mi hermana y el cuarto el mío. No hay comunicación entre ellos, pero todos se abren al mismo corredor.

—Perfectamente.

—Las ventanas de los tres cuartos se abren hacia el parque. Esa noche fatal, el doctor Roylott se había retirado temprano a su cuarto, pero nosotras sabíamos que todavía no se había acostado, pues mi hermana sentía el olor del fuerte tabaco indio que tenía la costumbre de fumar y que a ella le molestaba mucho. Por esto se vino de su cuarto al mío y estuvo allí sentada un rato conversando de su próxima boda. A las once se levantó para retirarse, pero la puerta se detuvo y miró hacia atrás.

—Dime, Elena—me preguntó—¿No has oído silbar ninguna vez en medio del silencio de la noche?

—Nunca.

—¿Supongo que no podrías ser tú la que silbabas dormida?

—Seguramente no, pero ¿por qué?

—Porque durante las últimas noches he oído invariablemente a eso de las tres de la mañana, un silbido leve, pero claro, como tengo un sueño tan ligero, me ha despertado. No podría decir de dónde viene, quizá del cuarto contiguo, quizá del parque. Ahora me he acordado de preguntarte si tú lo has oído.

—No, no lo he oído. Serán esos inmundos gitanos que están en los potreros.

—Muy posible. Pero, con todo, si el silbido viene de fuera, me sorprende el que tú también no lo hayas oído.

—¡Ah! Pero yo tengo el sueño más pesado que tú.

—Bueno, el asunto no tiene importancia al fin y al cabo.

Diciendo esto con una sonrisa, cerró mi puerta y pocos momentos después oí la llave que daba vuelta en la cerradura de la suya.

—Por supuesto —dijo Holmes—. ¿Tenían ustedes la costumbre de encerrarse con llave en la noche?

—Siempre.

—¿Y por qué?

—Creo que he dicho a usted que el doctor tenía un mono y un leopardo. Nosotras no nos creíamos seguras contra esos animales, sino cuando estábamos a puerta cerrada.

—Eso es. Sírvase usted proseguir su relato.

—No pude dormir esa noche. Una vaga sensación de una desgracia próxima me embargaba. Mi hermana y yo, lo y ustedes saben cuán sutiles son los vínculos que unen a dos almas tan estrechamente aliadas. La noche estaba tempestuosa, el viento rugía afuera y la lluvia azotaba las ventanas. De improviso, entre los mugidos del temporal, resonó agudo el alarido de una mujer presa del pavor. En el instante conocí la voz de mi hermana, salté de la cama, me envolví en un chal y me precipité por el corredor. Al abrir mi puerta me pareció oír un leve silbido, como el que mi hermana me había descripto, y pocos momentos después un sonido estridente como si algo de metal hubiera caído. Corría yo aún por el corredor cuando sonó la llave en la cerradura del cuarto de mi hermana, y la puerta giró lentamente sobre sus goznes, fijé en ella los ojos aterrada, sin saber lo que iba a aparecer allí. A la luz de la lámpara del comedor, vi a mi hermana aparecer en el umbral, la cara lívida del terror, las manos extendidas en solicitud de auxilio, el cuerpo tambaleándose un lado y otro como el de un ebrio. Corría ella y la rodeé con mis brazos, pero en ese momento las rodillas se le doblaron y cayó al suelo. Gemía como si sufriera un terrible dolor, y una espantosa conmoción agitaba a sus miembros. Al principio creí que no me había reconocido, pero al inclinarme hacia ella, prorrumpió bruscamente en un grito que nunca olvidaré. «¡Oh Dios mío, Elena! ¡Ha sido la banda atigrada! ¡La banda atigrada!» Algo más había querido decirme, y con el dedo apuntaba en la dirección del cuarto del doctor, pero una nueva convulsión se apoderó de ella y ahogó sus palabras. Yo corrí afuera, llamando a gritos a mi padrastro, y lo encontré que salía de su cuarto, envuelto en su bata de interior. Cuando llegó al lado de mi hermana, ésta había perdido el conocimiento, y aunque él le vertió brandy en la garganta y envió luego en busca del médico de la aldea, todos los esfuerzos fueron vanos, lentamente. Mi hermana fue extinguiéndose y murió sin haber recobrado el conocimiento. Tal fue el espantoso fin de mi adorada hermana.

—Un momento —dijo Holmes—, ¿está usted segura de haber oído el silbido y el sonido metálico? ¿Podría usted jurarlo?

—Eso fue lo que el coroner del distrito me preguntó en el sumario. Tengo la viva impresión de haberlos oído, pero, sin embargo, con el estrépito del temporal y el crujir de la vieja casa, puedo haberme engañado.

—¿Estaba vestida la hermana de usted?

—No, estaba con su camisa de dormir, en mano derecha se le halló una cerilla que había ardido y en la izquierda una caja de cerillas.

—Lo que mostraba que había encendido luz y mirado en el cuarto al sentir algo. Eso es importante. ¿Y a qué conclusiones llegó el coroner?

—Investigó el asunto con mucho cuidado, pues la conducta del doctor Roylott había sido objeto de muchos comentarios desde hacía tiempo atrás en la comarca, pero no pudo encontrar ninguna causa convincente de un crimen. Mi declaración probó que la puerta había sido cerrada con llave por dentro, y las ventanas estaban aseguradas por pesadas hojas antiguas con anchas barras de hierro que mi hermana ajustaba todas las noches. Una inspección de las paredes demostró que estas eran perfectamente sólidas en todo el cuarto, y el mismo resultado dio un examen del piso. La chimenea es ancha, pero cuatro grandes barrotes la cruzan. Era cierto, por consiguiente, que mi hermana estaba enteramente sola cuando le aconteció la misteriosa desgracia que le causó la muerte. Además, su cuerpo no tenía señales de la menor violencia.

—¿No habría veneno en el caso?

—Los médicos examinaron el cadáver para averiguarlo, pero sin resultado.

—¿De qué cree usted entonces que murió la desdichada joven?

—Mi creencia es que murió de puro miedo y del choque nervioso, pero no puedo imaginarme lo que la asustaría.

—¿Estaban los gitanos en los potreros esa noche?

—Sí, casi siempre hay algunos en la propiedad.

—¡Ajá! ¿Qué deduce usted de esa alusión a una banda, a la banda atigrada?

—A veces he pensado que no fue otra cosa que el hablar desordenado del delirio, otras veces que se refería a alguna banda de gente, quizás a esos mismos gitanos.

No sé si los pañuelos de colores variados que algunos de ellos llevan en la cabeza pueden haber sugerido a mi hermana el extraño adjetivo que empleó.

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