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Sherlock Holmes - El carbunclo azul, El carbunclo azul - 07

El carbunclo azul - 07

Ryder se pasó la lengua por los resecos labios.

—Voy a decir a usted exactamente lo que sucedió—dijo.—Una vez que Horner fue arrestado, me pareció que lo mejor que yo podía hacer era salir inmediatamente del hotel con la piedra, pues no sabía si de un momento a otro podría ocurrirsele a la policía ir a registrarme a mí y a registrar mi cuarto. En todo el hotel no había lugar alguno en que pudiera estar bien oculta.

Salí a la calle, como si fuera a un mandado, y me fui a la casa de mi hermana, la cual está casada con un tal Oakshott y vive en el Camino de Roxton, donde cria aves para el mercado. En todo el camino hasta allá, me parecía que cada hombre que encontraba era un agente de policía ó un detective, y a pesar del frío que hacia, el sudor me corría por la cara antes de llegar al Camino de Roxton. Mi hermana me preguntó qué me sucedía, por qué estaba tan pálido: yo le contesté que el robo de la joya en el hotel me había trastornado. Luego me fui al terreno de atrás de la casa, a fumar una pipa y pensar en lo que más me convendría hacer.

Yo tuve un amigo que se llama Mandsley, el cual se perdió, y hace poco ha terminado una condena en la prisión de Pentonville. Un día que me encontré con él, la conversación recayó en los recursos de que se valen los ladrones y de la manera como se deshacían de los objetos robados.

Sabía que ese hombre no me vendería, porque yo era poseedor de uno ó dos delitos más suyos, los cuales no han sido descubiertos todavía, y así me decidí a ir en el acto a Kilburn, donde vive, y confiarle mi secreto: él me enseñaría la manera de convertir la piedra en dinero. Pero ¿cómo llegar hasta su casa sin que me prendieran? Pensé en las agonías porque había pasado al ir del hotel de Roxton, y me dije que en cualquier momento podrían arrestarme y registrarme, y encontrar la piedra en el bolsillo de mi chaleco. En ese momento me encontraba recostado en la pared, y miraba a los gansos que iban y venían a mis pies. De repente, se me ocurrió una idea que me mostró cómo iba a poder burlarme del mejor detective del mundo.

Mi hermana me había dicho varias semanas antes, que podía contar con el mejor de sus gansos para hacer un regalo de Navidad, y yo sé que cuanto promete mi hermana, cumple: esa misma noche, pues, me llevaría mi ganso, y en él la piedra de Kilburn. Había cerca de mí un cuartito, y allí hice ir a uno de los gansos, uno grande y gordo, blanco, con una faja negra en la cola. Agarré al animal, y abriéndole el pico, le metí la piedra en la garganta, empujándola hasta donde alcanzaba mi dedo. El ganso tragó, y sentí con la mano que la piedra se deslizaba por el cuello hasta el buche. Pero el animal aleteaba y gritaba, y mi hermana acudió a ver lo que ocurría. Al volverme yo para hablar con ella, el ganso se escapó y fue a mezclarse con los otros.

—¿Qué estabas haciendo con ese ganso, Jaime?—me preguntó.

—Pues… —contesté: —como me dijiste que para Navidad me darías uno, estaba tocándolos para ver cuál era el más gordo.

—¡Oh!—dijo ella:—el tuyo está apartado, y nosotros lo llamamos ya «el ganso de Jaime.» Es ese grande, tan blanco, que está allá. Son por todos veintiséis, de los cuales uno es para ti, uno para nosotros y dos docenas para el mercado.

—Gracias, Margarita—dije yo;—pero si no te importa, yo prefiero el que tenía ahora en las manos.

—El otro pesa tres libras más—me dijo ella; —y lo hemos engordado expresamente para ti.

—No importa, quiero ese que te digo, y voy a llevármelo ahora—contesté.

—¡Oh, haz lo que quieras!—me replicó ella, un poco ofendida.—¿Cuál es el que dices que quieres?

—Ese blanco, que tiene una faja negra en la cola; el que está en medio del grupo.

—Sí, Muy bien. Mátalo y llévatelo.

Así lo hice, señor Holmes, y me llevó el ganso a Kilburn. Dije a mi camarada lo que había hecho, porque es hombre a quien se le puede decir todo: él se rió hasta más no poder, y tomamos un cuchillo y abrimos el ganso. El corazón se me derritió al ver que no había dentro del animal ni señales de la piedra. Comprendiendo que había habido una terrible equivocación, solté el ganso, corrí a casa de mi hermana, y me precipité al terreno de detrás de la casa. No había un sola ave en él.

—¿Dónde están, Margarita?—grité.

—Los he mandado al que me los compra.

—¿Quién es ese?

—Breckinridge, de Covent Garden.

—Pero ¿había otro con una faja en la cola?

—Sí, Jaime, eran dos así, y nunca pude distinguir el uno del otro.

Con eso, naturalmente, se aclaraba todo. Corrí tan velozmente como podía en busca del tal Breckinridge, pero éste había vendido todo el lote en seguida, y no quiso decirme ni una palabra acerca del lugar adonde lo había enviado. Esta noche lo han oído ustedes: todas las veces me ha contestado así. Mi hermana cree que me estoy volviendo loco, y yo, a veces, creo lo mismo. Ahora… ahora soy un ladrón descubierto, sin haber tocado nunca al tesoro en cambio del cual he dado mi honradez. ¡Dios me ampare! ¡Dios me ampare!

Rompió a sollozar convulsivamente, con la cara metida entre las manos.

Siguió un largo silencio, interrumpido sólo por su agitada respiración y por el mesurado tamborileo de los dedos de Sherlock Holmes en la mesa. De repente, Holmes se levantó y abrió la puerta bruscamente.

—¡Afuera!—gritó.

—¡Qué, señor! ¡oh! ¡El cielo lo bendiga a usted!

—¡Ni una palabra más! ¡Largo de aquí!

Ni se necesitaban más palabras: una carrera precipitada, un rodar por las escaleras, el golpe de la puerta de la calle al cerrarse, y en la calle el estrépito de unos pies que corrían por el empedrado.

—Al fin y al cabo, Watson—dijo Holmes, alargando la mano hacia su pipa de yeso,—yo no tengo contrato ninguno con la policía para suplir sus deficiencias. Si Horner estuviera en peligro, la cosa sería diferente; pero este sujeto no se presentará a declarar en su contra, y el asunto terminará allí. Supongo que con esto cometo un delito, pero es muy posible también que salve una alma. Este individuo no volverá a delinquir: está demasiado asustado para ello. Envíelo usted ahora al presidio, y lo convertirá usted en un criminal de profesión. Por otra parte, estamos en la estación del perdón. La casualidad ha puesto en nuestro camino uno de los problemas más singulares, y su solución es bastante premio para nosotros. Si tiene usted la bondad, doctor, de tocar el timbre, empezaremos otra investigación, en la que también una ave será el principal motivo.

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