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Sherlock Holmes - El carbunclo azul, El carbunclo azul - 05 – Text to read

Sherlock Holmes - El carbunclo azul, El carbunclo azul - 05

Avanzado 1 de espagñol lesson to practice reading

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El carbunclo azul - 05

Atravesamos Holborn, bajamos a la calle Endell, y así, por un laberinto de callejuelas, fuimos a parar al mercado de Covent Garden. Uno de los puestos más grandes lucía en el letrero el nombre de Breckinridge, y el propietario, un hombre de cabeza de caballo, con una cara puntiaguda y rizadas patillas, ayudaba a un muchacho a cerrar las vidrieras.

—Buenas noches. ¡Qué frío hace!—dijo Holmes.

El negociante hizo un signo de cabeza afirmativo, y dirigió a mi amigo una mirada interrogadora.

—Vendidos todos los gansos, lo veo—continuó Holmes, señalando las mesas de mármol vacías.

—Mañana por la mañana puedo proporcionar a usted quinientos.

—Eso no me sirve.

—Entonces, en la vidriera hay algunos, bajo el calor del gas.

—¡Ah! Pero yo vengo recomendado a usted.

—¿Por quién?

—Por el dueño de la «Alfa.»

—Cierto: le mandé un par de docenas.

—Excelentes fueron todos. ¿De dónde los recibió usted?

Con sorpresa mía, la pregunta provocó una explosión de cólera en el comerciante.

—Vamos a ver, señor—dijo, echando la cabeza hacia atrás y poniendo los brazos en jarras—¿qué se proponen ustedes? Quiero que aclaremos eso ahora mismo.

—Bastante claro está: desearía saber quién vendió a usted los gansos que usted a su vez vendió al dueño de la «Alfa.»

—¿Sí? Pues sepa que no se lo diré. ¡Y se acabó!

—¡Oh! La cosa no tiene importancia; pero no sé por qué se ha de agitar usted tanto por semejante pequeñez.

—¡Agitar! Usted se agitaría más, probablemente, si lo fastidiaran como a mí. Cuando pago buena plata por un artículo, allí debería terminar el negocio, pero no, señor: «¿Dónde están los gansos?» «¿A quién vendió usted los gansos?» «¿Cuánto quiere usted por los gansos?» Y las preguntas no se acaban. Se diría que esos son los únicos gansos en el mundo, tanto es lo que vienen a machacar con ellos.

—Está bien; pero yo nada tengo que hacer con las otras personas que hayan venido a hacer esas preguntas—dijo Holmes, en tono indiferente. Si no nos dice usted lo que le pregunto, la apuesta no corre, y eso es todo. Pero yo estoy siempre dispuesto a probar que mi opinión en materia de aves es la verdadera, y he apostado cinco libras a que el ganso que comí ha sido criado en el campo.

—Entonces ha perdido usted sus cinco libras, porque es de la ciudad—se apresuró a decir el comerciante.

—Eso no es posible.

—Yo digo que lo es.

—Yo no lo creo.

—¿Se figura usted saber de aves más que yo, que las manejo desde que era un mocoso? Digo a usted que todos los gansos que envié a la «Alfa» eran de la ciudad.

—Nunca me hará usted creer tal cosa.

—¿Quiere usted apostar?

—Si apuesto, le robaré a usted el dinero, porque sé que estoy en lo cierto. Ahora, si usted quiere, va una libra, para enseñarle a usted a no ser porfiado.

El comerciante se sonrió agriamente.

—Tráeme los libros, Guillermo—dijo.

El chico le llevó un pequeño libro de pocas hojas, y otro grande, muy grasiento en el lomo, que estaban uno sobre otro debajo de la lámpara colgante.

—Ahora, señor, estoy seguro—dijo el hombre, —yo creía haber concluido ya con los gansos, pero veo que aun todavía hay uno en mi establecimiento. ¿Ve usted ese librito?

—¿Y qué?

—Esta es la lista de las personas a quienes compro. Ve usted? Bueno, pues. En esta página están los del campo, y los números que siguen a los nombres son los de las páginas del registro grande que están sus cuentas. ¡Bueno! Ahora, ¿ve usted esta otra página con tinta roja? Es la lista de mis proveedores de la ciudad. Ahora mire usted este tercer nombre. Hágame el favor de leerlo en voz alta.

—Señora Oakshott, 117, camino de Roxton, 249—leyó Holmes.

—Eso es. Ahora busque usted ese número en el registro.

Holmes miró la página indicada.

—Aquí está: «Señora Oakshott, 117, camino de Roxton, proveedora de huevos y aves.»

—Bueno. ¿Cuál es la última entrada?

—Diciembre 22. Veinticuatro gansos a 7 chelines 6 peniques.

—Eso es. Ya ve usted. ¿Y abajo?

—Veintidós al señor Windigate, de la «Alfa», a 12 chelines.

—¿Qué tiene usted ahora que decirme?

Sherlock Holmes mostraba pena y despecho. Sacó un soberano del bolsillo, lo arrojó al mostrador, y se volvió hacia la puerta con el aspecto de un hombre cuyo disgusto es demasiado profundo para permitirle hablar. Unas yardas más allá se detuvo al pie de un farol, y se rió con la manera cordial, pero silenciosa, que leera peculiar.

—Cuando vea usted a un hombre con esas patillas y el pañuelo rojo asomándole del bolsillo, puede usted estar seguro de arrastrarle en cualquier momento a una apuesta—dijo.—Estoy seguro de que si le hubiera puesto por delante cien libras, ese hombre no me habría dado informaciones tan completas como las que le he sacado al inculcarle la idea de que sólo me comunicaba sus datos para ganar una apuesta. Bueno, Watson: me parece que ya nos acercamos al fin de nuestra investigación, y que el único punto que queda por aclarar es si debemos ir esta noche a ver a esa señora Oakshott, ó si dejamos eso para mañana. Se ve claramente, por lo que este sujeto nos ha dicho en su enojo, que hay otras personas, además de nosotros, por conocer lo que queremos nosotros saber. Y me inclinaría…

Unos gritos vigorosos que salían del mismo puesto del mercado de donde nosotros acabábamos de salir, interrumpieron sus observaciones. Volvimos los ojos y vimos a un hombrecito con cara de ratón, parado en el centro del circulo de luz amarilla que arrojaba el farol de la fachada, y a Breckinridge que, encuadrado en el marco de la puerta, blandía furiosamente los puños hacia el hombrecito.

—Ya estoy harto de ustedes y de sus gansos—gritaba,—Ojalá se fueran unos y otros al infierno juntos. Si vienen ustedes otra vez a fastidiarme con sus tontas preguntas, voy a echarles el perro. Traiga usted aquí a la señora Oakshott, y a ella le contestaré; pero usted ¿qué tiene que hacer en este asunto? ¿Le he comprado a usted los gansos?

—No; pero uno de ellos era mío—aventuró el diminuto personaje.

—Entonces, a reclamarlo a la señora Oakshott.

—Ella me ha dicho que le pregunte a usted.

—¿Si? Pues puede usted ir a preguntarle al rey de Persia, para lo que a mi me importa. Le digo a usted que ya estoy harto de la misma cuestión. ¡Fuera de aquí!

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