El carbunclo azul - 04
Me demoré en la casa de un enfermo, y cuando volví eran algo más de las 6.30. Al llegar a la casa, vi a un hombre de elevada estatura, con una gorra de viaje y un saco abotonado hasta la barba, que esperaba afuera, en el brillante semicírculo que arrojaba la luz del farol. En el momento mismo, la puerta se abrió, y los dos subimos hasta el cuarto donde se hallaba Sherlock Holmes.
—El señor Enrique Baker, me parece—dijo Holmes, levantándose de su sillón y recibiendo al visitante con la soltura y autoridad amable que tan fácilmente asumía.—Ruego a usted que se siente en esa silla al lado del fuego, señor Baker. La noche está fría, y observo que el sistema circulatorio de usted se adapta más al verano que al invierno. ¿Este sombrero es de usted, señor Baker?
—Sí, señor: no cabe duda de que ese es mi sombrero.
Era un hombre corpulento, de hombros cuadrados, sólida cabeza y una cara ancha é inteligente que terminaba en una barba puntiaguda de color castaño entrecano. Un ligero matiz rojo en su nariz y mejillas, y un leve temblor en la mano que tenía extendida, justificaban la suposición de Holmes en cuanto a su falta de sobriedad. Su raída levita negra estaba abotonada hasta la barba, con el cuello vuelto hacia arriba, y sus robustas muñecas asomaban por las mangas sin que se viera la menor señal de puños ó de camisa. Hablaba en voz baja y lenta, escogiendo las palabras con cuidado, y producía, en general, la impresión de un hombre de conocimientos y letrado, que ha sido maltratado por la mano de la fortuna.
—Hemos guardado aquí estas cosas durante algunos días,—dijo Holmes—porque esperábamos ver un aviso en los diarios, en que usted diera las señas de su casa. No me explico cómo no lo ha hecho usted.
Nuestro visitante se rió, pero su risa denotaba vergüenza más que otra cosa.
—Los chelines no son ahora tan abundantes en mi bolsillo como lo fueron en otros tiempos—dijo. —No tenía duda, además, de que la pandilla de bribones que me asaltó se había llevado mi sombrero y el ganso, y no había de gastar más dinero en una inútil tentativa de recuperar mis perdidos bienes.
—Eso es muy natural. A propósito: lo que es el ganso, nos hemos visto obligados a comerlo.
—¡A comerlo!
Nuestro visitante se levantó de la silla, tal era su agitación.
—Sí: de nada habría servido a nadie el que no lo hiciéramos, ¿Pero supongo que ese otro ganso que ve usted en el aparador, el cual es más ó menos del mismo peso y está perfectamente fresco, serviría a usted lo mismo?
—¡Oh! Ciertamente, ciertamente!—contestó el señor Baker, con un suspiro de alivio.
—Por supuesto que del otro hemos guardado las plumas, las patas, el buche, y los demás restos, de modo que si usted los desea…
El hombre soltó una alegre carcajada.
—Podrían servirme—dijo—de recuerdos de mi aventura; pero fuera de eso, difícilmente veo los servicios que podrían prestarme los dispecta membra de mi último amigo volátil. No, señor: creo que, con el permiso de usted, voy a dedicar mis cuidados a la excelente ave que veo en ese aparador.
Sherlock Holmes me dirigió una rápida mirada, encogiéndose de hombros.
—Entonces, aquí tiene usted su sombrero y allí el ganso—dijo;—y, a propósito podría usted decirme dónde compró el otro? Yo soy bastante aficionado a las aves de mesa, y pocas veces he visto un ganso tan bien mantenido.
—Con mucho gusto, señor—contestó Baker, que se había parado y tenía ya el ganso debajo del brazo. Unos cuantos amigos frecuentamos la taberna «Alfa», que está cerca del museo… y durante el día ¿sabe usted? se nos encuentra en el museo mismo. Este año, el dueño de casa, que se apellida Windigate, instituyó una «sociedad del ganso», en la cual, mediante algunos peniques por semana, cada socio recibiría un ganso en Navidad. Yo pagué puntualmente mis peniques, y lo demás usted lo sabe. Tengo mucho que agradecer a usted, señor, porque una gorra de viaje no es adecuada ni para mis años ni para mi gravedad.
Con una pomposidad de maneras realmente cómicas, nos saludó solemnemente y se marchó.
—Hemos concluido con el señor Enrique Baker—dijo Holmes, cuando la puerta se hubo cerrado detrás del hombre.—Es positivo que éste nada sabe del asunto. ¿Tiene usted hambre, Watson?
—No mucha.
—Entonces, propongo que convirtamos nuestra comida en cena, y sigamos este rastro cuando todavía está caliente.
—Me parece muy bien.
Era una noche muy fría, de manera que nos envolvimos bien el cuello con nuestras bufandas y alzando los cuellos de los sobretodos. Las estrellas brillaban fulgidas en un cielo sin nubes, y el aliento de los transeúntes adquiría al salir de la boca el color del humo que despide una pistola al hacer el disparo. Nuestros pasos resonaban secos y ruidosos al atravesar el barrio de los médicos, la calle Wimpole, la calle Herley, y así hasta pasar por la calle Wigmore a la de Oxford. Al cabo de un cuarto de hora estuvimos en Bloombury, en la taberna «Alfa», un pequeño establecimiento de bebidas situado en la esquina de una de las calles que desembocan en Holborn. Holmes empujó la puerta del saloncito reservado, y pidió dos vasos de cerveza al propietario, hombre de toscas facciones, con delantal blanco.
—La cerveza de usted sería excelente si fuera tan buena como sus gansos—le dijo después.
—¿Mis gansos?
El hombre parecía sorprendido.
—Sí. Hace media hora he estado conversando con el señor Enrique Baker, miembro de la «sociedad del ganso.»>
—¡Oh, sí! Comprendo; pero, vea usted, señor, esos no son nuestros gansos.
—¡Hola! De quién, entonces?
—Las dos docenas las compré en un puesto de Covent Garden.
—¡En Covent Garden! Conozco allí a varios de los vendedores de aves. ¿Cuál fue?
—Se llama Breckinridge.
—¡Ah! A ese no le conozco. Bueno, a la salud de usted, y por la prosperidad de su casa. Buenas noches.
—Ahora, a ver al señor Breckinridge—continuó abotonándose el gabán, cuando salimos al aire glacial. —Acuérdese usted, Watson, de que aunque tenemos una cosa tan vulgar como un ganso en una punta de esta cadena, en la otra tenemos a un hombre que seguramente será penado con siete años de prisión si no podemos probar su inocencia. Es posible que nuestra investigación sirva sólo para confirmar su culpabilidad: pero en todo caso, ante nosotros se abre una fuente de averiguaciones que la policía no ha visto y que una singular casualidad ha puesto a nuestra disposición. Sigamos la vía hasta el fin. ¡Cara al sur, pues, y de prisa!