Un escándalo en Bohemia - 09
Esa noche dormí en el departamento de la calle Baker, y Holmes y yo estábamos entregados a nuestro café con tostadas, cuando el rey de Bohemia entró de prisa en el cuarto.
—¿La tiene usted realmente?—gritó empuñando a Sherlock Holmes por ambos hombros mirándole ansiosamente la cara.
—Todavía no.
—¿Pero abriga usted alguna esperanza?
—Abrigo una esperanza.
—Entonces, vamos. Ardo en impaciencia de estar allá.
—Tenemos que hacer, llamar un coche.
—No; mi cupé está abajo.
—Eso simplifica las cosas.
Bajamos, y nos dirigimos una vez más a Briony Lodge.
—Irene Adler se ha casado—dijo Holmes.
—¡Casado! ¿Cuando?
—Ayer.
—Pero ¿con quién?
—Con un abogado inglés que se llama Norton.
—Pero ella no puede amar a ese hombre.
—Mi esperanza es que le ame.
—¿Por qué tal esperanza?
—Porque eso ahorrará a vuestra majestad todo temor de futuras molestias. Si esa señora ama a su esposo, no ama a vuestra majestad; y si no ama a vuestra majestad, no hay razón para que piense en estorbar el proyecto de vuestra majestad.
—Es cierto. ¡Y sin embargo!… ¡Sí, ojalá hubiera sido de mi categoría! ¡Qué reina habría sido!
Dicho esto se sumió en un sombrío silencio, que no fue interrumpido hasta que llegamos a la avenida Serpentina.
La puerta de Briony Lodge estaba abierta, y en lo alto de la gradería se hallaba, en pie, una mujer entrada en años. Nos contempló con mirada sardónica cuando salimos los tres del cupé.
—¿Creo que es el señor Sherlock Holmes?—dijo.
—Soy Sherlock Holmes—contestó mi compañero, mirándola con mirada interrogadora y no exenta de asombro.
—¡Muy bien! Mi patrona me dijo que probablemente vendría usted. Esta mañana se marchó, en el tren que sale de Charing Cross a las 5.15, para el Continente.
—¡Qué! (Sherlock Holmes retrocedió, pálido de pesar y de sorpresa)—¿Quiere usted decir que se ha marchado de Inglaterra?
—Para no volver nunca.
—¿Y los papeles?—preguntó el rey.—¡Todo eso se ha perdido!
—Vamos a verlo—contestó Sherlock Holmes.
Empujó a la sirvienta a un lado, y se precipitó a la sala, seguido por el rey y por mí. Los muebles estaban desparramados por todas partes, las gabetas abiertas y vacías, como si su dueña las hubiera saqueado antes de escaparse. Holmes corrió al botón de la campanilla, arrancó una tablilla que cerraba el escondrijo de la pared, y, hundiendo la mano en el hueco, sacó una fotografía y una carta. La fotografía era un retrato de Irene Adler, vestida en traje de baile, y la carta tenía este sobreescrito: «Para el señor Sherlock Holmes. Dejarla aquí hasta que él venga a buscarla». Mi amigo desgarró el sobre, y los tres leímos juntos la carta. Estaba fechada a las 12 de la noche anterior, y decía así:
«Mi estimado señor Sherlock Holmes:—Realmente, lo hizo usted muy bien. Me hizo usted caer por completo en el lazo. Hasta después de la alarma de incendio, no tenía la menor sospecha. Pero cuando vi cómo me había traicionado yo misma, empecé a reflexionar. Desde hace meses se me había advertido que me guardara de usted. Se me había dicho que si el rey empleaba un agente, ese sería usted, seguramente. Y me habían dado las señas del domicilio de usted. A pesar de todo esto, usted consiguió hacerme revelar lo que quería usted saber. Aún después de haber concebido sospechas, me parecía duro pensar mal de un clérigo anciano, tan simpático y tan bueno. Pero usted sabe que yo he sido actriz. El traje masculino es nada para mí, y a menudo me aprovecho de las ventajas que proporciona. Mandé a Juan, mi cochero, a vigilar, a usted corrí arriba a mi cuarto, me puse mis ropas de paseo, como las llamo yo, y bajé en el mismo momento en que usted se marchaba.
«Si, señor. Y lo seguí a usted hasta su puerta, y así me cercioré de que realmente era un objeto de interés para el célebre Sherlock Holmes. Entonces, confieso que imprudentemente, dí a usted las buenas noches, y me fui al Temple a ver a mi esposo.
«Los dos juzgamos que el mejor recurso era la fuga, si nos perseguía un antagonista tan formidable; de modo que cuando vaya usted mañana en mi busca, encontrará vacío el nido.
En cuanto a la fotografía, el cliente de usted puede descansar en paz. Amo y soy amada por un hombre mejor que él. El rey puede hacer lo que quiera, sin temor de que lo moleste aquella a quien ha lastimado cruelmente. Si me quedo con la fotografía es para salvaguardia de mi persona, para conservar una arma que me asegurará siempre contra cualquier paso que quiera en lo porvenir dar contra mí. Dejo, sí, una fotografía que podría agradarle poseer, y de usted me despido, estimado señor Sherlock Holmes, como su muy atenta servidora—Irene Norton, née Adler.»
—¡Qué mujer! ¡oh, qué mujer!—exclamó el rey de Bohemia, una vez que hubimos leído la epístola los tres.—¿No había dicho a ustedes cuan rápida y resuelta era? ¿No es una lástima que no fuera de mi rango?
—Por lo que he visto de la dama, parece, cierto, que es de diferente categoría que vuestra majestad—dijo Holmes, fríamente.—Siento mucho no haber conducido el asunto a una conclusión mejor.
—¡Al contrario, querido señor!—exclamó el rey. Ningún resultado podía ser mejor. Yo sé que la palabra empeñada por ella es inviolable. La fotografía me inquieta ahora tan poco como si hubiera sido quemada.
—Me alegro de oír a vuestra majestad decir eso.
—Yo debo a usted una inmensa gratitud. Le ruego me diga de qué manera puedo recompensarlo. Este anillo…
Se sacó del dedo un anillo en forma de serpiente con una esmeralda, y lo presentó a Holmes en la palma de la mano.
—Vuestra majestad tiene otra cosa que yo estimaría mucho más—dijo Holmes.
—No tiene usted más que designarla.
—Ese retrato.
El rey lo miró con asombro.
—¡El retrato de Irene!—exclamó.—Ciertamente si lo desea usted.
—Lo agradezco a vuestra majestad. Ahora, ya no hay nada más que hacer en el asunto. Tengo el honor de desear buenos días a vuestra majestad.
Saludo con una reverencia, y, volviéndose sin mirar la mano que el rey le extendía, salio conmigo, en dirección a su casa.
Y así fue como un gran escándalo amenazó turbar la paz del reino de Bohemia, y como los mejores planes del señor Sherlock Holmes fueron frustrados por la habilidad de una mujer.
En otros tiempos solía reírse de la inteligencia de las mujeres, pero desde entonces no le he oído repetir esa clase de bromas. Y cuando habla de Irene Adler, ó alude a la fotografía, siempre emplea el honroso calificativo de la mujer.