Un escándalo en Bohemia - 03
Cuando decía estas palabras, se oyó el retumbar de los cascos de unos caballos y el arrastrarse de unas ruedas para detenerse delante de nuestra puerta, y en seguida un toque de campanilla. Holmes silbó.
—Una pareja, por el ruido—dijo.—Sí—continuó, mirando afuera por la ventana.—Un lindo cupecito y un hermoso tronco, ciento cincuenta guineas cada uno. En este asunto, Watson, hay dinero, aunque no haya otra cosa.
—Creo que lo mejor es que me vaya, Holmes.
—Por nada, doctor. Quédese usted allí donde está. Cuando me falta usted me siento incompleto. Y esto promete ser interesante. Sería una lástima perderlo.
—Pero ese caballero…
—No se preocupe usted de él. Yo puedo necesitar la ayuda de usted, y él también puede necesitarla. Aquí viene. Siéntese usted en el sillón, doctor, y preste usted toda su atención.
Un paso lento y pesado que se había dejado oír en la escalera y en el pasadizo, se detuvo inmediatamente delante de la puerta. En seguida sonó en ésta un golpe fuerte y autoritario.
—¡Adelante!—dijo Holmes.
Entró un hombre que no tendría menos de seis pies y seis pulgadas de alto, con el pecho y los miembros de un Hércules. Su traje era rico, con una riqueza que, en Inglaterra, seria considerada como vecina del mal gusto. Anchas bandas de piel de Astrakán abultaban las bocamangas y las solapas de su saco cruzado, y el gabán azul obscuro puesto sobre sus hombros estaba forrado de seda color de fuego, y asegurado al cuello con un broche formado por un resplandeciente berilo. Unas botas que le subían hasta la mitad de la pierna y que en la parte alta estaban bordadas con rica piel de color habano, completaban la impresión de barbárica opulencia que sugería todo el aspecto de la persona. Llevaba en la mano un sombrero de anchas alas, y en la parte superior de la cara, hasta abajo de los pómulos, una careta negra, que sin duda acaba de ponerse, pues al entrar tenía todavía levantada la mano. Por la parte inferior de la cara, parecía ser hombre de carácter firme: tenía el labio inferior espeso y caído, y el hueso de la barba cortado en línea recta, indicio de decisión llevada hasta la obstinación.
—¿Ha recibido usted mi carta?—preguntó con voz profunda y áspera y un dejo alemán fuertemente acentuado.—En ella anuncié a usted mi venida.
Y nos miraba a uno y a otro, como si no supiese a cuál de los dos dirigirse.
—Ruego a usted que tome asiento—dijo Holmes.—El señor es mi amigo y colega, el doctor Watson, que cuando es necesario tiene la bondad de ayudarme en mis pesquisas. ¿A quién tengo el honor de hablar?
—Puede usted llamarme conde Von Kramm, noble bohemio. Entiendo que este caballero, amigo de usted, es un hombre de honor y de discreción, a quien puedo confiar un asunto de la importancia más extrema. Si no fuera así, preferiría hablar con usted solo.
Me levanté para marcharme, pero Holmes me tomó del brazo y me obligó a sentarme nuevamente.
—A ambos ó a ninguno—dijo.—Puede usted decir delante de este caballero cuanto quiera usted decirme a mí.
El conde levantó sus anchos hombros.
—Entonces, empezaré—dijo—por comprometer a ambos a un secreto absoluto por dos años; después de ese plazo, el asunto habrá perdido su importancia; pero ahora no es decir mucho el decir que importa tanto, que pueda tener influencia en la historia de Europa.
—Lo prometo—dijo Holmes.
—Y yo.
—Ustedes me dispensarán esta careta—continuó nuestro extraño visitante.—La augusta persona que me emplea desea que ustedes no me conozcan, y debo confesar que el título que acabo de darme no es exactamente el mío.
—Yo lo sabía—contestó Holmes secamente.
—Las circunstancias son sumamente delicadas, y hay que tomar toda clase de precauciones para ahogar lo que podría llegar a ser un inmenso escándalo y a comprometer seriamente a una de las familias reinantes de Europa. Para hablar con claridad, el asunto toca de cerca a la gran casa de Ormstein, a los reyes hereditarios de Bohemia.
—Eso también lo sabía—murmuró Holmes, acomodándose en su sillón y cerrando los ojos.
Nuestro visitante miró con cierta sorpresa visible al hombre lánguido y perezoso que sin duda le había sido descripto como el razonador más incisivo y el agente más enérgico de toda Europa. Holmes reabrió los ojos, y miró impacientemente a su gigantesco cliente.
—Si vuestra majestad condescendiera a explicar el asunto—dijo,—yo podría en seguida darla algún consejo.