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Sherlock Holmes - El Signo de los Cuatro, La extraña historia de Jonathan Small - 07

La extraña historia de Jonathan Small - 07

Creo inútil decirles, señores, cómo terminó la rebelión de la India. Con la toma de Delhi por Wilson y la liberación de Lucknow por sir Colin, la base de la revuelta estaba destruida. Nuevas tropas fueron llegando, y Nena Sahib tuvo que retirarse á la frontera. Una columna volante, comandada por el coronel Greathead, llegó á Agra y ahuyentó á los rebeldes. La paz iba restableciéndose en el país, y nosotros cuatro comenzábamos á ver cercano el día en que podríamos alejarnos, exentos de peligros, y con nuestra cuantiosa fortuna. Pero nuestras esperanzas se desvanecieron en un instante: los cuatro fuimos arrestados como asesinos de Achmet.

La cosa pasó de esta manera. Cuando el rajá confió sus pedrerías á Achmet, lo hizo porque conocía que éste era un mercader de su confianza pero los orientales son muy desconfiados, y ¿qué hizo el rajá, sino comisionar á un segundo servidor suyo, en quien tenía mucha más confianza, y enviarlo á espiar al primero? Este hombre tenía orden de no perder de vista un solo instante á Achmet y seguirlo como su sombra. Aquella noche lo siguió y lo vió, entrar por nuestra puerta. Seguro, pues, de que se había refugiado en el fuerte, al día siguiente pidió se le asilara, y una vez adentro buscó á Achmet, pero no pudo encontrar el menor rastro de su persona.

Esto le pareció tan extraño al espía, que se dirigió á un sargento y le comunicó sus temores haciendo que el sargento diera parte al comandante. Un rápido registro concluyó con el descubrimiento del cadáver; y así fué cómo, en el mismo momento en que nosotros nos creíamos en salvo, fuimos aprehendidos los cuatro y enjuiciados bajo la acusación de asesinato, nosotros tres como guardianes de la puerta en esa noche, y el otro porque se le había visto en compañía de la víctima.

En el proceso no se habló ni una sola palabra del tesoro, pues el rajá había sido depuesto y expulsado de la India, y nadie más que él podía haber revelado la verdad; pero el asesinato resultó probado, y nosotros convictos de haberlo ejecutado. Los tres sikas fueron condenados á trabajos forzados perpetuos, y yo á muerte; pero después me conmutaron la sentencia y quedé en igual condición que los otros.

¡Extraña posición la nuestra! Los cuatro nos encontrábamos con la cadena al pie, nuestras probabilidades de escape eran casi nulas, y mientras tanto, con el secreto que poseíamos habríamos podido vivir cada uno en un palacio.

Era cosa de arrancarse á pedazos el corazón el tener que soportar las patadas y puñetazos de cualquier miserable guarda-chusma, y no comer más que arroz, y no beber más que agua, cuando la fortuna estaba allí cerca, esperando únicamente que extendiéramos hacia ella la mano. Al principio temí volverme loco, pero siempre he sido muy terco, y conseguí dominar mi impaciencia, esperando que el buen momento había de presentarse.

Un día me imaginé que éste había llegado por fin. Los cuatro fuimos transportados de Agra á Madrás, y de allí á la isla Blair, del grupo de las Andaman. Los presidiarios blancos son raros en ese punto, y como mi conducta había sido buena desde el principio, llegué pronto á gozar de ciertos privilegios. Me dieron una choza en el pueblo de Esperanza, pequeño lugar situado en la falda del monte Hariet, y me dejaron bastante libertad para pasearme. El lugar es malsano, un semillero de fiebres, y sus alrededores estaban infestados por caníbales, siempre listos para aprovechar la oportunidad de lanzarnos un dardo emponzoñado.

Había que dragar, abrir fosos, cultivar batatas, y una docena más de cosas, de modo que en todo el día no cesábamos de trabajar, pero en la noche podíamos disponer de nuestro tiempo hasta cierta hora. En esos momentos aprendí, entre otras cosas, á preparar medicinas con el médico y hasta llegué á saber algo de enfermedades y curaciones.

Esto no impedía que yo viviese constantemente alerta, espiando la oportunidad de escaparme; pero la isla se halla á cientos de millas de otras costas, y en esos mares el viento sopla poco ó nada: fugarse, pues, era obra sumamente difícil.

El doctor Somerset, médico del establecimiento, era un joven alegre, muy aficionado á todo género de sport, y los otros oficiales jóvenes se reunían por las noches en su departamento á jugar á los naipes. La pieza destinada á botiquín, donde yo acostumbraba á preparar las drogas, era la contigua á la sala del médico, y ambas se comunicaban por una pequeña ventana. Con frecuencia, aburrido por la soledad, apagaba la luz, y puesto de pie delante de la ventana, me ponía á verlos jugar y oir su conversación; soy muy aficionado á los naipes, y mirándolos me hacía la ilusión de estar jugando yo mismo. Los jugadores eran el mayor Sholto, el capitán Morstan, el teniente Bromie y Brown, es decir, los tres jefes de la guarnición, y luego el médico, y dos ó tres empleados del presidio, veteranos de la baraja, que jugaban: con elegancia, con mucha calma y gran prudencia. La partida era siempre interesante.

Pues bien; pronto me chocó una cosa extraña: que los paisanos ganaban siempre y los militares nunca dejaban de perder. No quiero decir nada malo, pero eso era lo que pasaba. Los empleados de la prisión no habían hecho, desde que se encontraban en las Andaman, otra cosa que jugar á los naipes, y se conocían mutuamente el juego punto por punto, mientras que los oficiales sólo trataban de pasar el tiempo y eran muy descuidados.

Noche tras noche se vaciaban los bolsillos de los militares y éstos se empeñaban más en jugar mientras más iban perdiendo. Al mayor Sholto le iba peor que a nadie: y, si al principio pagaba en oro y billetes de banco, pronto empezó á emitir pagarés y por gruesas sumas. A veces ganaba un poco, lo suficiente para que renacieran sus esperanzas de desquite, pero en seguida se volvía la suerte en su contra con mayor crueldad que nunca. Todo el día se le vela vagar más sombrío que un cielo tempestuoso, y pronto comenzó á beber sin medida.

Una noche perdió como nunca había perdido. Yo estaba sentado en mi choza cuando él y el capitán Morstan pasaron de regreso á sus habitaciones: eran amigos íntimos y nunca se les veía separados. El mayor hablaba de sus pérdidas.

- Ya no hay remedio, Morstan - decía al pasar por delante de mi choza. - Tengo que pedir mi retiro. Estoy arruinado.

- ¡No seas tonto, viejo! - le contestó el otro dándole una palmada en el hombro. - Yo también he tenido una mala ráfaga, pero…

Eso fué todo lo que pude oír, pero era lo suficiente para hacerme reflexionar.

Dos días después vi al mayor Sholto paseándose por la playa, y aproveché la ocasión para ir á hablarle.

- Desearía que me diese usted un consejo, mayor- le dije.

- Bueno, Small. ¿De qué se trata? - me preguntó, quitándose la pipa de la boca.

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