Irene vive en un piso compartido en Valencia con Óscar, Giulia y Toni. Giulia es de Roma y tiene opiniones muy claras sobre la cocina italiana.
Un miércoles, Óscar anunció que iba a preparar una carbonara para todos. Giulia lo miró con desconfianza.
—¿Con qué la vas a hacer?
—Con nata, cebolla, champiñones y jamón york —dijo Óscar, muy orgulloso.
Giulia se llevó las manos a la cabeza. Le explicó que la carbonara de verdad no lleva nata. Lleva huevo, queso pecorino, pimienta y guanciale, que es una carne del cerdo, parecida al bacon.
—Eso que dices no es una carbonara —dijo Giulia—. Es una sopa con pasta.
Óscar se ofendió un poco. Entonces Irene propuso un concurso: Óscar cocinaba su carbonara y Giulia la suya. Toni y ella decidían cuál era mejor.
Esa noche, la cocina fue una guerra. Los dos cocinaban, se miraban y hacían comentarios. Al final, Irene y Toni probaron los dos platos en silencio.
—Empate —dijo Irene.
—No es posible —dijeron Óscar y Giulia a la vez.
Pero los dos platos se terminaron. No quedó nada.