Irene vive en un piso compartido en Valencia con Óscar, Giulia y Toni. Pero hace unos meses, no conocía a ninguno de los tres.
Irene llegó a Valencia en septiembre, desde Burgos. Había encontrado trabajo en un estudio de diseño y necesitaba una habitación. Vio un anuncio en internet: piso compartido en el barrio de Ruzafa, cerca de todo.
Abrió la puerta un chico alto, con un delantal lleno de tomate. Era Óscar. Estaba cocinando y la casa olía muy bien.
—Bienvenida. Solo queda una habitación —le dijo—. Es la más pequeña.
La habitación era realmente pequeña. Tenía una cama, una mesa y una ventana. Pero la ventana daba a una terraza llena de plantas.
En el salón, Irene conoció a los otros dos. Giulia era italiana y estudiaba en Valencia con una beca Erasmus. Hablaba muy rápido y movía mucho las manos. Toni era muy callado. La saludó con la cabeza y siguió leyendo.
En la nevera había una hoja con un título grande: Normas del piso. La norma número uno decía: No se toca la comida de los demás.
Irene se quedó con la habitación.