La tarta de cumpleaños que salió mal. Le había prometido a mi hermana hacer yo mismo su tarta de cumpleaños. A pesar de que apenas sabía freír un huevo, quería que aquel año el regalo tuviera un toque más personal que los de siempre. Encontré en internet una receta que parecía sencilla y me lancé a prepararla la noche anterior, convencido de que no podía salirme mal.
A mitad de proceso, sin embargo, me di cuenta de que había confundido las cucharadas con los gramos. De modo que la mezcla quedó tan líquida que se desbordó del molde nada más meterla en el horno. Intenté arreglarlo añadiendo más harina a toda prisa, aunque para entonces ya era demasiado tarde. El bizcocho salió del horno completamente quemado por fuera y crudo por dentro.
Sin tiempo para empezar de cero, decidí camuflar el desastre cubriéndolo con una capa generosa de nata y fresas. De manera que al menos por fuera pareciera una tarta decente. Para mi sorpresa, nadie en la fiesta se atrevió a decir que sabía rara. Hasta que mi hermana entre risas confesó que llevaba raspando el interior quemado con disimulo desde el primer bocado.
Aún así, le había parecido el mejor regalo que le habían hecho en años.