Mientras Tomás seguía dudando, Lucía volvió a visitarlo, esta vez con noticias todavía más graves. Varias familias del pueblo empezaban a pasar hambre real debido a la pérdida casi total de sus cosechas. Algunos ya hablaban de abandonar sus tierras en busca de mejores condiciones en otras regiones más templadas. Al escuchar aquello, Tomás comprendió que no podía seguir priorizando su propio consuelo emocional por encima del bienestar genuino de toda su comunidad.
Y aunque el dolor de la decisión seguía siendo enorme, finalmente decidió que debía anteponer el sufrimiento colectivo a su apego personal hacia el jardín eterno.