Tomás, cegado por el alivio de saber que su jardín sobreviviría para siempre, aceptó el trato sin hacer demasiadas preguntas sobre las posibles consecuencias de aquel pacto tan generoso en apariencia. Enterró el fragmento de hielo cerca de las raíces del árbol más antiguo del jardín, tal como el invierno le había indicado. Desde aquella misma noche, notó que las plantas dejaban de marchitarse a pesar del frío cada vez más intenso que se extendía por toda la región. El pueblo entero quedó asombrado al ver el jardín de Tomás floreciendo en pleno invierno.
Mientras que el resto de la comarca se cubría, como cada año, de nieve y escarcha invernal.