Durante los días siguientes, el fenómeno se repitió una y otra vez. Cada vez que alguien cerca de Mateo sufría un dolor físico o emocional, él lo sentía como si fuera propio. La intensidad de estos sentimientos le resultaba cada vez más difícil de soportar. Sintió la tristeza de una vecina que había perdido a su gato.
Sintió el dolor de espalda de un anciano que cargaba leña. Incluso sintió una punzada de angustia cuando presenció una discusión entre una pareja en la calle. Agotado y desesperado, decidió finalmente acudir al taller de Bruno. Recordó vagamente el comentario de Casimiro sobre la campana y su posible maldición.
Bruno, al verlo llegar tan pálido y confundido, se preocupó de inmediato. Sin embargo, todavía no sospechaba que el problema de Mateo pudiera estar relacionado con el metal que él mismo había forjado con tanto cuidado apenas unos días antes.