Cuando Sofía llegó al pueblo, ya era de noche. La casa de su tía estaba al final de una calle estrecha, cerca de los acantilados. Era una casa grande, con ventanas altas y un jardín lleno de plantas secas. Sofía abrió la puerta con la llave que le habían mandado por correo.
Dentro, todo estaba oscuro y olía a humedad. Encendió las luces y vio muebles antiguos cubiertos con sábanas blancas. De repente, oyó un ruido extraño en el piso de arriba, como pasos lentos. Se quedó quieta, con el corazón acelerado.
Estuvo escuchando un buen rato, pero después no oyó nada más.