Hacía muchísimo calor y Marta no podía pensar en otra cosa que no fuera un helado. Mientras estaba en casa intentando leer un libro, miraba constantemente por la ventana. El sol brillaba con fuerza y la temperatura seguía subiendo. Finalmente, cerró el libro y se levantó.
Necesito un helado dijo. Cogió algo de dinero y fue a una heladería que estaba cerca de su casa. Cuando entró, encontró una larga fila de clientes.
Había personas de todas las edades. Algunos compraban helados de limón, otros preferían fresa o vainilla. Marta ya sabía lo que quería. Chocolate.
Siempre chocolate. Esperó pacientemente y, cuando llegó su turno, pidió el helado más grande que tenían. El dependiente se rió. Tienes mucha hambre, ¿verdad?
Muchísima, respondió Marta. Con su enorme helado en la mano, fue al parque para disfrutarlo tranquilamente. Sin embargo, justo cuando iba a empezar a comerlo, escuchó una voz. Hola.
Era una niña de su edad, sentada en el banco de al lado. Comenzaron a hablar. Descubrieron que vivían cerca y que iban al mismo colegio. Mientras conversaban, Marta casi olvidó el helado.
Al final, las dos pasaron más de una hora juntas. Cuando se despidieron, Marta se dio cuenta de algo curioso. Había salido de casa pensando únicamente en el helado. Pero lo mejor del día no había sido el helado.
Había sido conocer a una nueva amiga.