Lucía trabaja en la oficina de objetos perdidos de la estación de Atocha. Cada día llega gente distinta, pero hay alguien que viene siempre.
Era viernes y eran casi las dos. Entró un señor muy mayor, con sombrero y un abrigo gris muy limpio. Caminaba despacio. Se acercó al mostrador y miró a Lucía con amabilidad.
—Buenas tardes. ¿Ha llegado lo mío?
Lucía no sabía de qué hablaba. Le preguntó qué había perdido y cuándo. El señor pensó un momento, pero no contestó a la pregunta.
—Es algo que perdí hace mucho tiempo —dijo—. No se preocupe. Volveré el viernes que viene.
Se tocó el sombrero para despedirse y se fue.
Lucía miró a Ramón, sorprendida. Ramón no parecía sorprendido.
—Viene todos los viernes —le explicó—. A la misma hora. Desde hace más de diez años.
—¿Y qué busca?
—Nunca lo ha dicho. Y yo nunca he querido preguntar.
Aquella noche, en casa, Lucía no pudo dejar de pensar en el señor del sombrero. ¿Qué se puede perder durante tanto tiempo?