Clara abrió la caja despacio, con mucho cuidado. Dentro, sentado sobre un trozo de tela, había un chico diminuto, más pequeño que un dedo. El chico llevaba ropa vieja y tenía el pelo despeinado. Se llamaba Leo.
Leo miró a Clara con miedo, porque hacía mucho tiempo que ninguna persona abría la caja. Clara no podía creer lo que veía. Un chico de verdad, tan pequeño como un insecto. Le preguntó cómo era posible aquello.
Leo respiró profundamente y empezó a contar su historia. Una historia que Clara nunca imaginó escuchar.