El señor White no quiere, pero su mujer insiste mucho. Por fin, el señor White busca la pata de mono. La coge con la mano derecha.
—Quiero que mi hijo Herbert viva otra vez —dice el señor White, con miedo.
La pata no se mueve. No pasa nada. La señora White va a la ventana y espera.
—No pasa nada —dice el señor White—. Vamos a dormir.
Pero, de repente, ¡toc, toc, toc! Alguien llama a la puerta. Un golpe fuerte. Después, otro golpe. Y otro más.
—¡Es Herbert! —grita la señora White, muy feliz—. ¡Herbert volvió!