Carmen tocó durante casi dos horas. Empezó con escalas, como siempre, para calentar los dedos. Luego tocó a Schubert, que era su compositor favorito desde los doce años. Después tocó una pieza que estaba aprendiendo, lentamente, equivocándose y volviendo atrás.
No había nadie escuchando. No había alumnos que evaluar ni conciertos que preparar, solo ella y el piano. La tarde se iba poniendo oscura al otro lado de la ventana. Carmen pensó que esto era exactamente lo que su madre quería decir con una conversación con el tiempo.