Bajé rápidamente a la portería. Esta vez, la puerta estaba abierta. La portera estaba allí, con una bolsa de pan. Buenos días, Daniel
dijo mientras me miraba. ¿Qué te pasa? Estás alterado. Es por el hombre viejo
dije. Ella dejó la bolsa sobre la mesa. ¿Qué hombre? Un hombre con abrigo gris y un sombrero negro estaba sentado en la escalera.
La portera me miró en silencio, pero su cara cambió. Ese hombre es Antonio. Vivía en el segundo, dijo. ¿Vive aquí?
No, Daniel. Entonces, la portera miró la escalera. Después, cerró la puerta de la portería. Ese hombre murió hace dos años.
Yo no dije nada. Y siempre decía lo mismo, continuó ella. Siempre decía: no abras la puerta del tercero. Esa noche, al llegar a casa, encontré el sombrero negro sobre mi mesa.