La señora White corre hacia la puerta. Pero el señor White tiene miedo. Piensa en el accidente. Piensa en la máquina grande. Piensa en el cuerpo de su hijo, después de dos semanas.
—¡Espera! —dice el señor White—. ¡No abras la puerta!
Pero la señora White no escucha. Corre hacia la puerta. Los golpes continúan, más y más fuertes.
El señor White busca la pata de mono desesperadamente. La encuentra en el suelo. La coge con la mano derecha, muy rápido.
En ese momento, la señora White abre la cerradura de la puerta.
—¡Mi último deseo! —grita el señor White—. ¡Quiero que Herbert vuelva a estar muerto!
Los golpes paran. Silencio total.
La señora White abre la puerta completamente.
Fuera, no hay nadie. Solo la calle vacía, oscura y fría, con el viento.