Leyendo con atención aquellos viejos diarios, la familia descubrió que el abuelo había vivido de niño en un pueblo pequeño llamado Robledal, un lugar que había desaparecido casi por completo con los años, abandonado poco a poco por sus habitantes. El abuelo escribía con mucha nostalgia sobre una plaza con una fuente antigua, sobre la casa de sus propios padres y sobre una campana especial que sonaba cada tarde en la iglesia del pueblo, marcando el final del día para todos los vecinos